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La casa de mis abuelos

Recuerdos en venta

Cuando yo tenía unos cinco años, la perra de mi abuela -tómese la expresión en el sentido literal de la palabra- degolló a mi pequeño patito. Era una monería de alitas insignificantes que me seguía a todas partes y, como es natural, aquel accidente partió en dos mi corazón de dientes de leche.
En mi mente aún está, diáfana, aquella mañana junto a mi padre, en el patio de mis abuelos, mientras él me decía que habían dejado al patito en un campo en el que sería muy muy feliz. Me observaba preocupado, como intentando averiguar si me lo tragaba o no y me hacía tomar sorbos de un vaso de leche.
Fue entonces, señores, cuando me sorprendí pensando lo siguiente: 'Pobre, qué torpe que es'.
Con cinco años. De mi propio padre. Qué fracaso como modelo educativo.
Porque no sólo era de torpes pensar que me pudiera tragar semejante bola sino, sobre todo, tratar de consolarme con un vaso de leche. ¿Es que no sabía que yo odio la leche? ¿Que el simple olor de la leche hirviendo podía hacerme vomitar? ¿Que la nata en el vaso, sobre todo si era leche de verdad, de campo, como aquella, me producía arcadas irremediables? ¿Dónde había estado ese hombre todo ese tiempo para desconocer dato tan fundamental?
Así que decidí que sería demasiado duro para mi progenitor asumir que su pequeña sabía de sobra que su pato había sido asesinado por la perra de su abuela (de nuevo) y que, para colmo, la leche como consuelo somático dejaba mucho que desear. Y me dije que, al fin y al cabo, lo mismo, de alguna manera, mi patito estaba feliz y a salvo en algún lugar, en algún estanque idílico con otros patos y gansos y ocas con los que jugar. Y que no podía dejar que mi padre se diera cuenta de su propia estulticia.
-'¿De verdad?', farfullé, con tono poco convincente.
-De verdad. Lo prometo. El patito se curará en la granja y estará estupendamente rodeado de sus amigos.
Y, con un gesto de valentía inusitado en mí, cogí el vaso de leche y me lo bebí.


Hace unos días, mis tías dedicieron que la mejor opción era vender la casa de los abuelos. Era una finca inmensa, de mediados del XIX, con pozo en el patio y fecha en la cancela. Tan inabarcable, tan enorme que, durante toda mi vida, yo sólo conocí la planta de abajo: la de arriba estaba alquilada a otra familia.
El comedor, que tenía techo abovedado, olía a capilla. Una peculiaridad que me hace salivar paulovianamente cada vez que entro en una iglesia: el olor a santidad está asociado en mi hipotálamo con la lonchas de jamón y lomo que mi abuelo nos soltaba desde las alturas, como a pajarillos hambrientos. En la salita, olía a jazmín. A Heno de Pravia en el baño, y a cieno en el pozo, y a tierra mojada todas las tardes, cuando mi abuelo regaba. Nunca hubo algo tan parecido a un desván como la despensa, llena de rayos de luz, y muebles antiguos, y botellas. Allí aprendí a beber en botijo. Y allí tecleé, tendría siete años, en una máquina de escribir por primera vez en mi vida. Y allí mi padre me dio a la leer la Odisea, cuando tenía nueve años. Y la casa fue el escenario de las últimas Navidades que pasamos todos juntos, antes de que mi padre muriera.
El invierno pasado, cuando se rompieron las tuberías, yo soñé -a trescientos kilómetros de distancia- que la casa se inundaba. Y ahora casi la siento llamarmos a nosotros, a los que fuimos niños en ella, con tremenda pena.
No sé quién ocupará nuestro lugar. No sé quién andará por ella ni si habrá alguien que se quede contemplando durante horas, como yo hacía, los juegos de luz en los cristales cromados. Pero estoy segura de que mi padre y yo seguiremos por siempre en ese patio, una niña que llora y un hombre con un vaso de leche entre las manos, haciendo esfuerzos por creer mentiras en torno a la vida ultraterrena de un pato.

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Comentarios

  1. Trinity, consigue usted son sus escritos que este cínico y endurecido corazón jacobino sienta algo parecido a la emoción.

    Comentario de Monsieur Jacobine hace 4 años y 48 meses

  2. Son muchos los puntos de referencia que encuentro entre su escrito y mi infancia, emociones compartidas que me hacen creer de verdad lo felices que van a ser las personas que compren esa casa, no lo ponga en duda, está impregnada de sensibilidad.

    Comentario de Sérilan hace 4 años y 48 meses

  3. Realmente has conseguido que me emocione. Espero que los nuevos dueños puedan llegar a ser algún día tan felices como tu lo has sido allí...piénsalo estarás compartiendo magia.

    Comentario de Compañera 3 hace 4 años y 48 meses

  4. Gracias a todos! Intento pensar lo mismo: que los que la ocupen captarán también, seguro, lo especial del lugar.

    Comentario de trinidad hace 4 años y 48 meses


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