Sólo para tus ojos
trinidad - 20-03-2006 22:19:51 | Categoria: Fragmentos de realidad
Mi médico favoritoHace más de doce años, justo cuando la Selectividad, caí víctima de un extraño virus fotófobe. La luz comenzó a tener la extraña facultad de hacer daño, dolía horriblemente, como si de repente mi alma hubiera sido captada por las fuerzas del mal.
El bicho me hacía encerrarme en las habitaciones a puerta cerrada y a oscuras, cual vampirillo castigado.
De aquella tortura, sin embargo, salieron dos cosas buenas: me aficioné a escuchar a Julia Otero en la radio y conocí al dr. Rovayo.
'¡Qué bonito, qué bonito!', me dijo, 'Tienes todo el ojo plagado, ¿me dejas hacerte una diapositiva para la facultad?'
Obviamente, me pareció un hombre con un extraño concepto de la belleza, pero me cayó estupendamente.
La miopía crónica nos ha permitido al dr. Rovayo y a mí mantener una relación de años. Me vio irme a Irlanda y estudiar Periodismo. Me vio empezar a trabajar y perder la vocación. Al morir mi padre, le saltó el instinto paternal y desde entonces me trata con especial deferencia. Me abraza como un Papá Noel de Macy´s -Jo, jo, jo, incluido- y,a veces, cuando no he tenido dinero, me ha pasado consulta sin cobrarme -colándome por la puerta de atrás-. Cuando me diagnosticó desprendimiento de retina -sí, he tenido desprendimiento de retina- perdí los nervios y empecé a entonar un aria desesperada al estilo de 'La oscuridad se cierne sobre mí'. El dr. Rovayo se acercó con un gesto digno del Estrangulador de Bostón. '¿Qué pretendé? -pensé- '¿Retorcerme la traquea y acabar con todo?'
Pero no. Me puso las manos en la base del cráneo y me ordenó: 'Por Dios, criatura, no vuelvas a sacudir así la cabeza'.
Ninguno de los dos podemos olvidar una de las ocasiones que acudí con mi madre a revisión.
Dr. Rovayo: 'Y... ¿la siguiente línea?'
Trinidad: '¿J...? Mmmmm... P. No, R. No, P'.
Madre de Trinidad: 'Por Dios, Trini. No me digas que no eres capaz de ver eso'.
Desde entonces, cada vez que llego a su consulta, la rutina es la siguiente:
Dr. Rovayo: '¡Hoooola, Trinidad!¡Qué alegría! Jo, jo, jo...'
Trinidad: 'Dr. Rovayo, no veo un carajo. Acabemos pronto con esto'.
Y, conocedor del desánimo que me embarga cada vez que tengo que medirme , el dr. Rovayo se limita a sentarme en la trona dos segundos y pasar luego media hora hablando de mi vida: '¿Y tu madre, cómo sigue? ¿Está en forma, sigue torturándote?'
Adoro al dr. Rovayo. Supongo que intuye que es el hombre al que mayor fidelidad he guardado en mi vida. Durante todos estos años, ha visto sucederse ante sus optímetros a una lista más bien generosa de candidatos a rey consorte.
Cuando acudo sola, siempre me pregunta por el último. Yo me encojo de hombros y arrugo la nariz en un gesto que ya va camino de ser tradicional.
'No te preocupes -me dice él- Yo entiendo que te aburran'.
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