Remiendos
trinidad - 16-10-2006 12:23:48 | Categoria: El corazón de la arpía
Todos somos Sally
Desde que la vi, la muñeca Sally me atrapó el corazón. Quienes me conocen bien saben que hablo de la deshilachada protagonista de Pesadilla Antes de Navidad: una marioneta de trapo hecha con pedazos mal cosidos. Recordarán que es ella misma, producto de un inventor loco, la que se descompone y compone a conveniencia, a puntadas frenopáticas. Resulta perfectamente normal que cualquiera, al ver a Sally la muñeca, se dijera: 'Mira, como en un espejo. Yo misma (o yo mismo), cosiéndome a pedazos'.
Es muy difícil comenzar a andar y terminar los días incólume, sin un solo borroco, sin una cicatriz, sin un solo paso en falso. Es esta una evidencia tal que para mí resulta sorprendente conocer a personas que no son siquiera capaces de admitirse a sí mismos que cometieron errores. Mi problema, justamente, suele ser el contrario: estoy acostumbradísima a caer y recoserme. De hecho, creo que es un gran paso ese de asumir carencias y heridas pues nuestras cicatrices son, en realidad, el vínculo último, lo que nos une a los demás. Eso es lo que hacemos al acercamos a alguien, no otra cosa que decirle: 'Oye, me encantan tus costurones'.
Ser capaz de reconocerse, en algún momento, no sólo víctima sino también torpe, o injusto, o simplemente malvado, resulta una pieza clave de supervivencia. Lo que nos permite estar de pie, aun contándonos los pedazos, y no en el suelo, sin saber por dónde empezar a recoger las piezas.
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Eso me recuerda un viejo cuento que mi amiga Paloma cuenta estupendamente. A grandes rasgos, érase que se era un jovenzuelo que le gustaba enseñar su corazón a todo el mundo. Era un corazón hermoso, sano, inmaculado. Un buen día un anciano se enteró de su presunción y se plantó ante él, mostrándole el suyo. Estaba roto, lleno de costurones y remiendos y le faltaba algún trozo. El chico rió en su soberbia al verlo y le espetó al viejo que como se atrevía a comparar algo tan deteriorado con una víscera tan sana como la suya. El anciano respondió que su corazón estaba al principio de su existencia como el de su oponente, pero su vida lo convirtió en lo que era. Cada rotura, cada trozo que faltaba eran señales de momentos de su vida que habían dejado su huella, no siempre cariñosa. Pero él no se arrepentía, pues bien o mal eso significaba que había vivido. El joven se quedó reflexivo al oír eso y en silencio se arrancó un trozo de su corazón para dárselo al anciano.
Comentario de Monsieur Jacobine hace 3 años y 38 meses
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Escuché a Paloma contar ese cuento en Úbeda, ante más de seiscientas personas, sin micrófono, en el patio de una casa-palacio. Tenían que haber estado allí para oírla... y para oír que no se oía a nadie más. Ni a una mosca.
Todos tenemos cachos rotos en el corazón. Normalmente eso no es mortal... mientras no te toquen las válvulas.Comentario de Microalgo hace 3 años y 38 meses
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Al nacer somos una especie de celula madre gigante que puede convertirse en cualquier cosa , charcutero de vanguardia o vendedor de seguros psicokiller, y los golpes de cincel que nos da la vida tallan esas caras que reflejan lo mejor o lo peor que tenempos alrededor. Buenas o malas, mis cicatrices hacen de mi quien soy, y a veces doy gracias por haber sido un niño solitario, los libros me arroparon, cuando los demas ayudaban a que se formaran esas cicatrices literales que pergueñan mi cuerpo. Las vidas de papel me enseñaron secretos que los niños de mi edad no conocian y que me alejaban aun mas de ellos.
Hay ciertas cicatrices que son una señal de hermandad, con las que nos reconocemos y nos unimos, o nos odiamos por vernos reconocidos en el espejo que es el otro.Comentario de Dr. Elektro hace 3 años y 38 meses
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Bonito simil, Trinidad. Sí, hay que saber admitirlo, pero no obsesionarse. Claro que el equilibrio perfecto casi nadie lo alcanza.
Comentario de lanavajaenelojo hace 3 años y 38 meses


