Fin de carrera
trinidad - 22-11-2006 11:16:28 | Categoria: Fragmentos de realidad
(Recuerdo rescatado de los abismos abisales de mi memoria)Braojos era el coco de mi facultad. El tapón. La Bestia Negra. El hombre más temido. Daba Historia del Periodismo y atesoraba una rancia fama de cabrón con pintas.
Braojos tenía las clases a las ocho y media de la mañana y todos los días, invariablemente, las comenzaba escogiendo al azar una víctima para humillarla. Soltaba perlas de la siguiente índole: 'En el examen, que dura cuatro horas, vengan todos aseados, cagados, meados y compreseadas'. O 'Si saben inglés, siempre pueden irse a Australia. Allí hay escasez de mujeres: siempre tendrán un micrófono que echarse a la boca. O alguna otra cosa'.
En el examen de junio, por supuesto, me fundió. Pero ese año, por alguna causa que desconocemos, Braojos cambió su modus operandi: decidió convocar una repesca antes de septiembre. Yo estudié hasta la noche anterior y terminé no presentándome.
Fui la única que no lo hizo de 150 alumnos masacrados. Obviamente, se quedó con mi cara.
'Señorita... -me dijo un día, por los pasillos- ¿Se puede saber por qué no se ha presentado usted a mi examen?'
'Mmm... ¿por qué no me sentía preparada?'
'Pero, ¿usted ha estudiado?'
'Sí, podemos decir que sí'.
'Entonces... ¿quién es para decir si está preparada o no? En todo caso, sería yo quien debiera juzgarlo'.
'Bueno... tampoco es tanta tragedia. Así nos vemos en septiembre, ¿no?'
Septiembre.
Historia del Periodismo terminó siendo el último examen que me quedaba para acabar la carrera.
'Muy bien, única pregunta -proclamó el tipo, en septiembre, desde su atalaya- Periodismo en Inglaterra, siglo XVIII'.
Y va Trinidad, con su perspicacia matemática habitual, y escribe, encabezando los pliegos: 'XVII'.
Me equivoqué de periodo histórico, por supuesto. Pero lo clavé, ¿eh? Que cuando me pongo, me pongo.
Tardé cuatro las horas en terminarlo. Y poco menos de cuarenta segundos -la distancia que me separaba de mi fila de la puerta de la clase- en comprender que la gente no estaba hablando de periódicos y empresarios del XVIII porque sí, sino porque era lo que yo debía haber vomitado.
'¿Dónde está Braojos?' -pregunté, sin apenas controlar los sollozos.
'Pues no sé, ha salido... en la cafetería...'
Recorrí los pasillos a zancadas y a moco tendido y, al fin, lo pillé en la barra de La Parrapa.
'¡Braojos!' -exclamé, en el umbral de la puerta.
De no ser porque yo era una joven imberbe llorosa y con bermudas, habría parecido la llamada a duelo de una del Oeste. Braojos paró en seco de dar vueltas al café, temiendo por un instante que fuera alguno de sus numerosos alumnos defenestrados, con mono de litio.
-'¿Sí, señorita?' -preguntó al fin, con extrañeza infinita.
-'¡He cometido un terrible error!' -bramé, entre hipidos.
Braojos me hizo una señal para acercarme y otra a la camarera -'Una tila', le susurró-.
-'¿Un terrible error, dice? Ya, ya sé... estudiar periodismo pero... ¿no cree que es un poco tarde para haberse dado cuenta?'
Yo seguía llorando, inasequible en mi desgracia.
-'Y, ¿qué más errores ha cometido?'
(Soplido de mocos)
-'Da igual... ninguno como este...'
-'¿Seguro?'
-'Bueno... (snifsnif) No le hice caso a mi padre cuando me dijo que no me enamorara del primer tío que viera al llegar a Sevilla...'
-'Y, ¿lo hizo?¡
-No... (más sniff, sniff) Fue del segundo'.
-Ajá.
-'Y además, luego salí con un capillita. Sevillano. Perdón'.
-'No se preocupe, no se lo tengo en cuenta...'
-'...pero... ¡esto es lo peor!'
Llanto desconsolado.
-'¿Qué le ha pasado?'
-'¡He puesto el XVII en vez del XVIII! ¡El XVII en vez del XVIII! ¡XVIII, XVIII, XVIII! Equis, uve, palito, palito, palito. Y yo sé que esto no va a servir de nada, porque incluso ahora usted va a creer que no es más que una absurda treta que me pase la malo, porque en realidad no había estudiado el XVIII... pero eso es estúpido: nadie estudiaría el XVII en vez del XVIII.... ¡y yo me lo sabía todo!¡Lo juro!¡Me lo sabía todo, y sólo quiero que sepa que...!'
Braojos paseaba la mirada de mi persona al café con leche.
-'Mmm... dígame, señorita, ¿usted tiene novio?'
Las lágrimas se cortan en seco.
-'¿Sí? ¿Eh? ¿Mmm...? ¿XVII, XVIII...? ¿Novio? Sí, tengo novio...'
-'Y, dígame, ¿lo trata bien?'
-'Mmmm... supongo que sí. Habría que preguntarle a él'
-'Dígame, ¿le deja sentarse sobre sus rodillas como un osito?...'
-'¿Eeeeh....? XVII, XVIII...'
El tipo me echa un brazo por los hombros, fraternal:
-'Porque ha de saber que los hombres somos como ositos: nos gusta que nos cuenten cuentos sobre las rodillas y nos hagan mimitos...'
Mi mente explotó en ese momento y huelga decir que todavía anda algo ranqueteante del impacto.
Al salir, me esperaba mi amiga Sonia:
-¿Qué, qué te ha dicho? ¿Te aprobará?
-Me ha dicho que los hombres son como ositos.
-¿Cómo?
-Te lo juro. Me ha dicho que los hombres son como ositos.
Nunca sabremos por qué, Braojos me puso un siete y medio.
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