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cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

La mujer por ser

Paredes de cristal

La chica de la foto vivió 102 años. Yo la conocí. Lo único que recuerdo de ella, como todo el mundo sabe, es que hacía las mejores lionesas que he probado nunca, las colocaba en pirámide y las unía con caramelo.

En la imagen, tenía unos veintidós años. Aunque la ropa y la pose parezcan decir lo contrario, tanto ella como sus cuatro hermanas vivían en un pueblo perdido de Teruel -en el mismo Pueblo Infecto de mis pesadillas, de hecho-. Tenían dinero aunque, para distraerse, trabajaban de modistas. Un par de veces al año, coincidiendo con el cambio de temporada, viajaban a París a por telas y patrones.

El París del final de la Primera Guerra y de los años veinte.

'¿Y después qué hacían?', le pregunté a mi madre, la primera vez que me contó la historia.

'Pues, ¿qué iban a hacer? Volvían al pueblo'.

'Pero, ¿por qué?'

'¿Qué iban a hacer? Allí tenían su vida'.

¿Pueden hacerse a la idea? Salir de un pueblucho enano, sin electricidad ni alcantarillado, al que se llegaba a lomos de burro. En las alforjas, iban lo mismo gallinas, que queso, que niños. Todas las casas tenían su horno de pan. La ropa, por supuesto, se lavaba en el río, en piedras ranuradas. El jabón se hacía en casa. A los muertos se les amortabaja en la mesa de la cocina. A los trece años, a las niñas se las envíaba de criadas a provincias y era más que probable que los padres no volvieran a verlas. Ante la muerte de un hijo, las madres no tenían empacho en bautizar al siguiente con el mismo nombre -causando un galimatías monumental en los registros de la iglesia-.

En virtud a su aguja -y a su patrimonio- mis antepasadas modistillas se las arreglaban para asomarse a los escaparates de la mejor de las Babilonias. Montparnase se derretía de gozo onanista ante los ojos del mundo y, mientras las mujeres que ellas conocían se enlutaban a los treinta, Josephine Baker bailaba en cueros con un cinturón de plátanos. Allí escucharían (y no entenderían) el jazz maligno de los negros y contemplarían pasmadas -para luego imitar sin remedia- a las modernas, que se quitaban los refajos y se cortaban el pelo.

Tras estos breves interludios en el mundo del pecado -pues poco más harían estas pobres que tomar cruasans y cafés a precios desorbitados, avituallarse de patronajes y fumar a escondidas-, las hermanas regresaban a ese pueblo de burros y moscas. Cambiándose para cenar y haciéndose ondas al agua, sin más distracción que las salidas a misa, debidamente veladas.

Siempre digo que, si a mí me hubiera ocurrido, me habría dado un colapso. Que no habría aguantado el contrastre tremendo ante semejante explosión de vida y que no habría sido capaz de regresar, que habría muerto de la pena, como vela ahogada.

Nunca entendí cómo ellas podían hacerlo.

He de confesar que, las veces que la vi, miraba a mi tía (abuela, no somos una familia TAN excéntrica) Rosalina con profunda admiración. Miraba sus fotos de 'dama con ínfulas de moderna' y me parecía valiente y decidida, un modelo a seguir.

Sin embargo, cuándo le preguntabas por su vida de joven, por qué había seguido en aquel pueblo, si alguna vez se planteó quedarse en París...
ella se limitaba a encongerse de hombros y decir: 'No, no sé... no era lo que se esperaba de mí...'.

Rosalina volvió, en efecto, a su pueblo de moscas. Su familia lo perdió todo (o casi todo) con la guerra y, tras la masacre, se fue con sus hermanas a Barcelona, donde por supuesto trabajó de modista. Y se casó con un tipo que -al contrario que ella- da miedo de mirar en las fotos.

Tal vez fue eso lo que le ocurrió a ella -lo que les ha ocurrido a tantas-: que le dio miedo.

Como aquello que cuentan de los peces de acuario: si se les quita la pared de cristal, siguen sin avanzar. Aunque tengan el océano abierto.

Referencias

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Comentarios

  1. Es muy posible que su tía hubiera hecho realidad la metáfora del acuario, Trinidad, pero también hemos de concederle el que hubiera preferido ser cabeza de ratón a cola de león. Y es que en ese pueblo, entonces sí infecto, debía “vestir” más sus escapadas a los parises que sus dotes de costurera. Con el dinero que le hacía rica en Teruel, ¿qué hubiera comprado en los Campos Elíseos? Iba a comprar patrones, es decir, a importar ideas, no a llevar las suyas. Difícil quedarse en la ciudad de la luz en esas circunstancias.

    No digo que sea lo mismo, espero me comprenda, pero no deja de recordarme a algunos colegas americanos con los que trabajo, los que me cuentan cómo conocen a tantos emigrantes locos por volver desde Madrid, Barcelona o New York a sus pueblos latinos a medio terminar, polvorientos y llenos de moscas y alforjas. En ellos pueden tomar hasta emborracharse y saltarse los semáforos en rojo; lo que nosotros tenemos, qué horror, no es libertad.

    Cada vez tengo más claro que sólo la cultura, y no el dinero ni algún tipo de don, puede salvarlos.

    Comentario de C9 hace 2 años y 33 meses


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