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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Mi rincón en el mundo

Detalles del esplumoir

Si alguna vez lo hiciera, si alguna vez necesitara de un nido en el que limpiar los cálamos, me replegaría en algún rincón de Doolin. Cuando estuviera vacío, sin gente, lejos del tumulto del estío, pues se trata de uno de esos pueblecillos que muy bien pueden morir de éxito: a escasos minutos de los apabullantes acantilados de Moher, ostenta fama, además, de ser uno de los corazones de la música tradicional irlandesa. En el verano, la gente se agolpa para escuchar zumbar el viento y los violines.

Yo sueño que, durante los meses oscuros, Doolin recupera esa condición de rincón perdido en medio de la nada, entre acantilados y lluvia. Que apenas hay más que hacer, los fines de semana, que acudir a algún concierto entre pintas y dedicarse a pasear por el campo cuando el viento y el frío lo permitan.

Que yo recuerde, son tres las ocasiones en las que he estado al borde de los acantilados. Y todas las veces, en pie sobre doscientos metros de aire, he experimentado una extrañísima sensación de abrigo. Allí, rodeada de gaviotas, de cielo y verde y con todo el Atlántico para envenenarme de yodo. ‘Bienvenida, bienvenida ¿Qué has hecho tanto tiempo lejos de aquí? ¿No echabas de menos nuestras caricias? Bienvenida, bienvenida’. Y allá abajo, completamente ajeno a tu temblor, el mar brama y se hace espuma.

No sé a quién podría encontrar para acudir acompañada. Qué otra persona pudiera aceptar pasar días lejos del mundo, leyendo y recreando historias, paseando al borde del océano hasta que el viento silba en tus oídos -aunque Memorial insite en que él se ofrece encantado. Pobre-.

Y también está -elemento importantísimo- la casa blanca y roja de tejado de paja. Pues Doolin, como entidad urbana, apenas tiene una calle en la que se suceden tres pubs –pero qué tres pubs-, locales donde comprar jerseys y recuerdos y un par de tiendas de música. La casa blanca y roja es una de ellas. Tiene sillones azules y un hogar encendido al frío y sirve Earl Grey y cerveza Black Birdy y tarta de ruibarbo y manzana. Es diminuta. Pero puedes sentarte allí y pasar horas escuchando lo que quieras -uno de los puntos de escucha está escondido en el viejo estuche de un violín- y cuando pinchan un CD, cuelgan la carátula de una cadena, como si fuera un condenado expuesto a la vergüenza pública.

Allí cambiaría yo las plumas gustosamente, oliendo lluvia y leyendo leyendas. Cultivando con mimo mis grandes vacíos –esos que sin querer vienen a la lengua cada vez que acaba el año-: inglés en VO, listas de relatos, Circe y compañía, planes con las amigas, cursos de antropología.

‘Esta semana –comentaría el dueño del antro, un tipo con pintas de Action Man, a alguna pareja de alemanes desnortados- le toca tricotar’.

Y allí estaría yo, en un rincón, con nulas dotes penelopénidas, tratando de desenmarañar mi propia tela de araña.

¿Hay algo mejor que ser?
La loca de los acantilados.
Hay cosas para las que una está predestinada.

Referencias

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Comentarios

  1. Siempre he pensado que cuando uno esta a solas en uno de estos impresionantes lugares naturales, no oye solo al viento y al mar, sino también el imperceptible rumor que surge del interior de uno. De hecho creo que a la gente que no le gustan esos aislamientos es que en realidad o no se oye a si mismo o bien le disgusta el sonido de su propio interior.

    Es curioso que a mi estas cosas me ocurran no en la naturaleza, pues no soy muy aficionado a ella, sino antes ciertas creaciones del hombre. Me pasó en Barcelona cuando estuve hace unos meses al enfrentarme a la Sagrada Familia, que me dejó en estado de shock. Como si a uno se le rompiesen los esquemas en su propia pobre opinión del ser humano viendo maravillas así.

    Comentario de Monsieur Jacobine hace 2 años y 32 meses


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