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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

En las nubes

Fragmento de 'En las nubes', de Ian McEwall.


'Una Navidad, el padre de Peter, Thomas Fortune, estaba colgando adornos en la sala. Era algo que odiaba. Siempre lo ponía de mal humor. Había decidido colocar guirnaldas en un rincón. Pues bien, en ese rincón había un sillón y, en ese sillón, sin hacer nada en concreto, estaba Peter.

-No te muevas, Peter -dijo Thomas Fortune- Voy a subirme al respaldo del sillón para colgar esto ahí arriba.
-Muy bien- dijo Peter- adelante.

Thomas Fortune subió al sillón y Peter siguió sumido en sus pensamientos. Parecía que no estuviera haciendo nada pero en relidad estaba muy ocupado. Estaba inventando un divertido sistema para bajar a toda prisa de una montaña utilizando una percha y un cable tensado entre dos pinos. Siguió pensando en ese problema mientras su padre seguía en lo alto del sillón, haciendo grandes esfuerzos y soltando bufidos en su intento de llegar hasta el techo. ¿Cómo podría uno deslizarse, se preguntó Peter, sin chocar contra el arbol en el que estaba amarrado el cable?

Fue quizá el aire de la montaña lo que le hizo recordar que tenía hambre. En la cocina había un paquete de galletas de chocolate sin abrir. Era una lástima seguir despreciándolas. Al levantarse, oyó un tremendo estrépito a su espalda. Peter se dio la vuelta a tiempo para ver a su padre cayendo de cabeza en el hueco que había entre el sillón y el rincón. Luego, Thomas Fortune reapareció, de nuevo con la cabeza por delante y con el aspecto de querer cortar a Peter en trocitos. En el otro extremo de la habitación, la madre de Peter se tapó la boca con la mano para contener la risa.
-Oh, papá, lo siento -dijo Peter- Me había olvidado de que estabas ahí'.


Como comprenderán, hubiera podido firmarlo. En mi vida se han sucedido escenas desesperadas consecuencia de tener medio cerebro práticamente anulado. Lo malo es que, después de haber olvidado cien veces que tu pareja es alérgico al glúten -cuántas magdalenas desaprovechadas- o de haberte colado a la hora de la cena en casa de la vecina a esperar al cerrajero, empiezas a convertirte en sospechosa. No es normal, considera el vulgo de los mortales, que sea TAN tonta, que se olvide de algo tantas veces o ignore una cosa tan transcendete. Ese gesto desvalido y esos labios de puchero albergan, fijo, una intención maligna más allá de esa imagen de pavi sosa.

Yo les aseguro que no. Que no hay maldad en, por ejemplo, olvidar la chaqueta de tu tía camino a un bodorrio justo cuando te ha dicho que la recojas de la silla -lo siento, tía Mari, de verdad, no fue a propósito- pero tampoco, se lo aseguro, se puede encontrar ni ápice de inteligencia en gestos semejantes y en individuos semejantes. Ya lo sé, ya lo sé. Afortunadamente para mi superviciencia, la superstición popular dota a los muy inteligentes de despiste proverbial -ya se sabe, están siempre ocupados, elaborando la teoría de relatividad o inventando la fibra óptica-. Pues desde aquí me desnudo y les aseguro que no. Que ni de coña. Que un despistado es un tipo que anda por la vida como lobotomizado. Y punto. Más bien lelo, de hecho. Se lo aseguro.

(A veces pienso, sin embargo, que no es del todo mi culpa. Que lo mismo hay algún factor genético. Mi abuelo, por ejemplo, era otro despiste andante. Mi padre estaba registrado con nombres diferentes en el Ayuntamiento y en la Iglesia porque se confundió cuando fue a inscribirlo).

Otra cosa: no se cura con rabos de pasas. Ni con post-it ni con agendas. Lo único que ha demostrado ser de alguna utilidad al respecto es el adolescente recordatorio a boli en el dorso de la mano -que tan bien queda en una señorita, como diría mi madre-. Y puedes creer que lo has dominado, que ya no eres igual, que vas mejorando. Pero es mentira: una vez puesto en marcha, el sistema entrópico sigue funcionando de manera inexorable.

Llama Memorial. Prepara una sorpresa. Un viaje. Mi único cometido -el único cometido- es sacar los billetes desde Cániz City a Wintertown.

'Que no se te olvide, por lo que más quieras. Si no llegamos a tiempo a Wintertown, no hay nada que hacer' -cualquiera con un mínimo sentido de la historia, hubiera visto la gran carga dramática y profética de semejantes palabras.

Es jueves por la tarde. Voy a la consulta del doctor Rovayo. Al salir, me doy cuenta de que he olvidado mi libro del momento sobre la silla de ojos. Y dentro del libro, por supuesto, los billetes.

Los billetes para el sábado por la mañana. Eran las nueve de la noche del jueves.

Aún no le había dado la vuelta a la manzana, cuando llego sin resuello a la clínica.

'No, no está -me dice la chica del mostrador- Se ha marchado a su casa. Pero en la consulta tampoco está el libro'.

'¡¡¡¿Qué?!!!!'

'Ha debido llevárselo a su casa. Después de ti, ya no ha entrado nadie más'.

Lo llamamos al móvil. No lo coge. Buzón lleno.

Lo llamo a su casa. Salta el contestador.

'Doctor Rovayo, soy Trinidad. Verá, es que me he dejado un libro en su consulta. Bueno, eso no es lo malo, lo malo es que, dentro del libro, tenía los billetes para Wintertown. Para este sábado. Por favor, por favor, póngase en contacto conmigo en cuanto escuche esto. Gracias'.

Al borde del llanto histérico, llamo a Memorial. Memorial ya había alcanzado el punto en el que los continuos despistes de tu novia dejan de ser una curiosa excentricidad para convertirse en una lacra insufrible.

'Francamente, Trini -me suelta, transmutado en curtido oficial del general Lee- No es mi problema'.

Segunda llamada al doctor Rovayo:

'Doctor Rovayo, soy Trinidad, de nuevo. Sí, es que es muy urgente lo de los billetes, porque si no no puedo hacer transbordo para ir a no sé qué sitio. Por favor, el libro se llama 'Jonathan Strange y el Señor Norrell' y tiene un cuervo en la portada. Por favor, mire bien, que sé que tiene que estar en la consulta. Y bueno, llámeme pronto. Mi móvil es 389274987. Gracias'.

Siete minutos después. Tercera llamada.

'Doctor Rovayo, soy yo, de nuevo. He reservado billetes en el autobús, sólo por si acaso. Pero sé que mi novio me mataría si no recupero los billetes de tren porque quedaría, ya sabe, como un tanto estúpida. Así que, por favor, por favor, dígame que ha encontrado el libro. Y los billetes. Y llame. O bueno, ya lo llamo yo'.

Diez minutos después. Cuarta llamada.

'Doctor Rovayo, estoy desesperada. Por-favor-por-favor-por-favor llame, o no podré dormir en toda la noche'.


Al fin, el doctor Rovayo llama. Se escuchan risas ahogadas de fondo.

'Mi familia se está riendo un montón con tus mensajes -dice- Eres muy divertida'.

'El libro, doctor Rovayo, ¿tiene usted el libro?'

'Mmmm... Jonathan Strange... qué libros más curiosos... mi hija lo está leyendo. Dice que ese libro es super guay'

'¡Que se lo quede! Pero deme los billetes -repentina alarma- ¿Están los billetes?'

'Ehh... sí, sí, están aquí'.

La sangre me volvió al corazón tras esa diástole eterna.

'Bien... bienbienbienbienbien...'

'Pero, ¿cómo se te pudo ocurrir meter los billetes dentro del libro?'

'No sé... parece un buen sitio. Sonó bien en la cabeza... ¿y usted? ¿cómo se le pudo ocurrir llevarse el libro de la consulta?

'No sé. Sonó bien en mi cabeza'.

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