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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Ciega, sorda, impedida

Y perdida

‘A ver cómo te enteras pedazo de lerda: quiero unas vacaciones. ¿Escuchas? Y no, no puedo esperar. Vacaciones, ya’.

Últimamente los frecuentes susurros en el interior de mi cráneo estaban tomando forma de ecos atronadores. Hasta que, al fin, mi cuerpo ha dado un golpe de estado en toda regla a mi Sádica Voluntad: en menos de veinticuatro horas, he sido obsequiada con una conjuntivitis y un atroz ataque de tortícolis. Se puede decir más alto pero no más claro: ‘Deja de una vez ese maldito ordenador’.
Como no tengo gafas de sol graduadas y la luz me daña a los ojos, voy por la calle con una lentilla sí - la del ojo bueno- y una no –la del ojo malo- . Este hecho, sumado a que no puedo girar la cabeza más de 20º a la izquierda hace que atraviese los pasos de peatones con encomiendas a cielos e infiernos.

Para colmo, por si semejantes circunstancias no me hacían sentir suficientemente vulnerable, he perdido a mi querida Brújala. El sol diminuto que llevaba colgado al cuello. Mi piedra de guía, la que me arrastraba al rabo de la osa menor.
No es la primera vez que pierdo una brújala. La anterior desapareció en algún punto de la sierra de Almonte y Memorial, en un rapto romántico, puso rumbo a Mérida: el único lugar conocido en el que despachan brújalas de toda especie.
Brújala es la heredera, además, de una serie de cristales que me han ido acompañando desde la infancia. Al parecer, en mi interior habita una Ella, la Urraca que se abalanza con avaricia sobre cualquier pedacito de vidrio brillante. El primero, los primeros, fueron los Nidus: los colgantes en forma de lágrimas que adornaban la araña del salón y a los que Amiga Única y yo sometíamos a un proceso de extinción masiva –los Nidus eran los talismanes mágicos que aparecían en Dentro del Laberinto-.
Después, en la adolescencia, estuvieron la piedras de Iris: bolones de cuarzo tallado que reproducían el espectro de color y que considerábamos amuletos y símbolos de unión fraternal.

Y ahora, por supuesto, es el turno de Brújala. Hasta que llegue de nuevo, imantada hacia mis manos, me sentiré desnuda y confusa pues vivo –lo confieso- en la fetichista creencia de que es Brújala quien me orienta. Quien me señala por dónde ir. Quién me recuerda dónde está mi norte, mi estrella polar. A quien me encuentro guiñando todas las mañanas en el espejo, como diciendo: ‘Tranquila, pequeña. Yo me sé el camino’.

(Ilustraciones de Catherine Delanssay)

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