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cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Vacaciones infernales

Desnaturalización del género humano

Hace unos años, en una nevada propia del mes de enero, varias personas se quedaron aisladas en sus coches, en mitad de algún camino de la Sierra Central. Todos ellos eran domingueros, o similares, en busca de los reconfortantes vientos de montaña. Obviamente, el hecho de que Protección Civil hubiera desaconsejado fieramente los traslados por carretera en ciertas zonas ante la amenaza de un temporal capaz de congelarte los homólogos les traía al pairo.

Pasmados ante el hecho único de que un temporal de nieve en Gredos en lo más frío del frío invierno dejara a punto de ídem a cuatro catetos de ciudad, los dinámicos muchachos de algún informativo nacional se lanzaron sobre un avezado lugareño que asomaba la boina por las inmediaciones:
-‘¿Y usted –le preguntaron, aterrorizados ante semejante derroche de furia elemental- cómo hace para aguantar cuando nieva de esta forma?’
El nativo los miró con profunda incomprensión desde las inexpugnables profundidades de su boina y les dijo: ‘Pues… mire usted –les contestó el hombre, con cierta timidez, sin saber que era el más listo de todos los que allí se encontraban- Cuando cae un temporal… nosotros… es que no salimos’.

Pues claro, que hay que ser ignorante… ¿Qué puede hacer uno con dos metros de nieve a la puerta, vientos rugientes en cada esquina y el suelo como para girar en triple Axel? Pues esperar que pase, encerrarse a tomar puchero y aguardiente y comprobar las conexiones telefónicas. Que esto tampoco es Siberia, y en unos días, la situación será lo suficientemente óptima como para retomar el contacto con la civilización en forma del casino del pueblo.

Pues la situación es idéntica, sólo que elevada a la quinta potencia, en los fines de semana de agosto. Llevo varios telediarios con cortes dignos de pasar a la historia. Uno, un reportaje sobre la saturación de las playas levantinas, en el que se veía cómo las familias todas enviaban al abuelo, con sombrillas y demás avíos playeros, a coger sitio a primera hora de la mañana. Las hordas comenzaban a surgir de entre la amanecida no bien marcan las ocho en punto. Y no llegaban antes porque el ayuntamiento de turno se los ha prohibido: no les daban tiempo ni a limpiar la arena.
A las ocho y dieciséis minutos, un vejete contempla la orilla como si, en vez de neveras y butacas, ante sus ojos de extendieran las trincheras de La Somme o las costas de Normandía.
‘Primera línea de Gandia –proclama, con voz experta- tomada y completa pasadas las ocho y cuarto’.

Más cortes. Las carreteras de Cataluña, colapsadas. Dos peajes de las autopistas a la costa tuvieron que abrirse para aliviar un poco el horror. Al parecer, la situación a las siete de la mañana –siete de la mañana- ya era incontrolable en un fin de semana que, nuevamente, desde infinitos foros, se avisaba el más caluroso del año. Pues nada: ¿qué mejor cosa que hacer, con el termómetro crepitando, que ir a achicharrarse a una playa reventada de gente? Bueno, al menos, no estarán ahí todo el día: gran parte de la jornada la perderán entre gritos y desesperaciones varias en mitad de un atasco. Uno no sabe cuál de los dos castigos sería el más adecuado en premio por su estulticia.

Sevilla. Los turistas avanzan bajo la Giralda ataviados con sombrero y gafas de sol. Son las únicas criaturas vivas que se contemplan y andan como ralentizados, echándose agua por todas martes –entrando en las fuentes, bebiéndosela, tirándosela por encima-. Uno diría que forman parte de una especie mutante alienígena que sólo puede desarrollarse en condiciones de calor y humedad extremas. Suena la voz en off de la presentadora, que aconseja beber mucha agua, ponerse un gorrito y no salir a correr a las tres de la tarde. Como dice Elvira Lindo, ‘menos mal que lo avisan, porque si no le daríamos agua caliente a la abuela y dejaríamos al niño ahí solo, a la solana’.

Le ponen la alcachofa a un hombre –uno de los extraterrestres mutantes- al pie de los Alcázares.

‘Sí, hace mucho calor –admite- pero nosotros ya veníamos con el cuerpo hecho y vamos a aprovechar lo mismo nuestros días de vacaciones’.

(A mí que no me digan: el que planea una estancia en Sevilla en agosto a golpe de plano, es un Mr. Ripley. Tosco y zafio, pero Mr. Ripley).

No sé. Yo recuerdo algunas costumbres estivales de mis familias –una, bellotera, la otra, catalana- y no me imagino a ninguno de los miembros que las practicaban cometiendo ahora semejantes suicidios veraniegos. Antes no había aire acondicionado. Y el calor se pasaba a pelo, pegado al ventilador. Echando las cortinas y cerrando las contraventanas a la hora de la siesta y abriéndolas por la noche. Las comidas se adaptaban, también, a los ciclos circadianos propios del estío. La gente socializa tras la cena y las primeras horas de la madrugada –en las terrazas o en tertulias de tumbona, a la puerta de las casas-. Como uno se levanta tarde, la comida apenas se tiene en cuenta –un gazpacho, unos tomates, una ensalada de pasta, sandía y compañía-. Mi familia bellotera dormía religiosamente la siesta. Mi familia catalana, más beneficiada por la canícula, se dedicaba a tertulias de horas con café y hierbas. Y la cena se convertía en la gran protagonista: tortilla de patatas, embutidos y pan con tomate. No viajábamos mucho. El verano pasaba entre chapuzones donde tocara –playa o piscina municipal, vaya-, helados y cines al aire libre.

No entiendo muchas cosas. No entiendo ese afán por comer todos los días fuera en chiringuitos atestados, procurando apartar los brazos del metal candente de las mesitas. No entiendo porqué, ante una amenaza de calor, la solución es salir a playas reventadas donde la sensación de agobio puede ser aún mayor –no hay nada más asqueroso que una pleamar agostil dominguera-. No entiendo, ya puestos, porqué todo el mundo ha de cogerse las vacaciones de seguido y en el mismo mes –que en la administración se entiende, pero no en las empresas privadas-. No entiendo porqué uno pone al Koala en el coche, con las ventanas abiertas y los altavoces del tuneao a punto de autodestrucción –24 h/d- y se entiende como algo normal. No entiendo cómo se puede asociar el concepto vacaciones con luchar por un rincón donde extender la toalla en arenas llenas de colillas y cáscaras de pipas, zambullirse en aguas calenturientas, lucir banderillas en faenas de paellador, sacarse la piel a jirones en la ducha o acudir a garitos en los que a. no hay sitio, b. la música es un horror o c. ambas respuestas son correctas. d. además, el ron es de garrafón y el DJ se está liando con una tipa en el almacén de cerveza por lo que hasta la seis de la mañana estará sonando una y otra vez, en bucle infinito, ‘Perreos del Verano, Cucu07’.
Y no entiendo, sobre todo, porqué la gente, al regreso de semejantes saraos, miente con impudicia e insiste en que todo fue estupendo en la playa. Ya saben, a lo Paco León/Raquel Revuelta: ‘Uy, flipante. Todo el día a la playa, a la piscina, al chiringuito, con la gambas, a la playa, a la piscina, al chiringuito, con las chanclas… y el camarero… tela de bueno’.

Cuando en realidad, más bien, han protagonizado escenas tal la que sigue:

Ascensor de un hotel. Familia de hijo único hiperactivo. Al padre, barbudo, apenas se le distingue el rostro bajo el sombrero de Panamá, las gafas de sol y los pelos. Va armado –y vencido, no obstante- con una sombrilla, dos sillas, la bolsa con las toallas y una mini tabla de surf para el peque.
-Allá vamos –suelta el hombre, hasta el alma ya de todo- A por otro puto día de playa.

Y después yo soy rara por querer irme a las Feroe de vacaciones. Pues sí. Rarísima. Anda que ya les vale a esos mutantes hidrófilos del demonio.

Referencias

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  1. Tripartitas.bitacoras on springfield goes in details...

    Referencia de Springfield Review hace 2 años y 24 meses

Comentarios

  1. Mira tu historial, Hermanastra.

    No, ese no: el de Bitácoras.

    A Monsieur y a mí nos ha pasado algo similar. Ahora sí que ya no me quedan ni las trazas a las que, de vez en cuando, volvía a asomarme.

    En fin.

    Comentario de Microalgo hace 2 años y 28 meses

  2. Al hilo de este post, me acuerdo de algo que vi esta Semana Santa. Hizo un tiempo muy poco primaveral, y una mañana, entre el bosque de chaquetones y jerseys, apareció un sujeto mayor con camisa de manga corta y jersey arremolinado en el cuello. Claramente, un turista que en su momento contrató un viaje a Gades confiando en el buen tiempo y que no estaba dispuesto a que la climatología lo contradijera. Como esos visitantes de Sevilla atorrándose a las tres de la tarde.

    Pienso en el turismo cultural, con gente haciendo colas de horas por ver una exposición de moda de la que no entienden nada o comprando el libro del mes sin leerlo siquiera. O esos domingueros que sin haber pisado una montaña en su vida se meten un día de tormenta en medio de una sierra y luego, hala, un buen grupo de guardias civiles a jugarse la vida buscándolos. Dan ganas no de irse a las Feroe como Trinity, sino imitar al Jeremiah Jonhson de la peli y perderse en las montañas.

    Comentario de Monsieur Jacobine hace 2 años y 28 meses


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