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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Abuelito, dime tú

Más perlas de diván

El último (y definitivo, me temo) descubrimiento de
Abuelito de Heidi respecto a mi persona y mis registros cerebrales es que soy una adicta. A la endorfina. Esa es, al menos, su teoría, que aún no ha encontrado una opinión -ni en mí misma ni en quienes me rodean, ay- que la contradiga.

-Y, ¿cómo anda mi yonkie favorita? -suelta, socarrón.

(Yo creo que Abuelito de Heidi se pone para mí su mueca socarrona,
porque no le conozco otra -bueno, sí. La de ogro rugiente-).

-Muy bien. Me han llamado para que protagonice la campaña 'No
compres drogas. Fabrícalas'.

Abuelito ríe.

-¿No hay metadona para mí? -pregunto, ya puestos.

-Mpf. Como mucho, te doy tu roseta de treinta días limpia y a correr. Que ya te vale.

****

Abuelito, meloso.

-Te tengo que traer un regalito.

Me temo lo peor. Una camisa de fuerza. Un semana de descanso en una
casa de reposo. Un iPod que da descargas de electro.

-Es un libro -se explica, como si me hubiese leído la mente.

-¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?

-Ética sin moral.

-¿Y qué, fue leer el título y pensar en mí?


*****

-¿Qué te pasa en el ojo?

-Nada, que estoy tuerta.

Abuelito de Heidi esconde la cara entre las manos. Cuando vuelve a
surgir, resopla:

-Ciega, sorda...

-Loca.

-No, yo no he dicho eso. Tal vez... ligeramente transtornada.


******

-Y bueno, hay un problema con una amiga.

-Te ha pedido lío y no sabes cómo decirle que no.

Abro los ojos al borde del segundo desprendimiento de retina:

-¡¡¡¡Nooooo!!!!!!

-Mpf, ¿cuándo vas a empezar a contarme cosas interesantes? ¿No sabes
lo que me aburro?


*******

-Hice una prueba de trabajo. Me salió mal.

-Ya.

-No. No ya. Estaba diseñada por mi peor enemigo. Era tipo test y las
pantallas cambiaban cada veinte segundos.

-En parte lo que se mide en esas cosas es la capacidad de bloqueo y de respuesta ante el estrés.

-Je, pues está claro.

-Bien, si te vuelven a llamar para una entrevista, te voy a decir lo que les tienes que decir...

-¿... que sé perfectamente que la capital de Georgia es Tbilisi?

-No, échate flores. Diles que tienes un cerebro y una boca como raramente verán otros. Y que todas las capacidades que te dan ambos están absolutamente a su servicio. También tienes un bonito látigo de nueve colas con el que te enredas más que te flagelas, pero eso ya lo notarán nada más verte.


******


-Bueno, ¿adónde irás de vacaciones?

-Ya te lo dije, a París.

-¿Con el Príncipe del Mal?

-Sí, Memorial.

(Esto me ocurre por hacerle parecer el malo de la película.)

-Mmmm... te gustará. ¿Sabes hablar francés?

-No, no sé decir ni cruasán con acento. Para que te hagas una idea.

-Gruasón -pronuncia Abuelito, con boca de rosita de té.

-Ya, no puedo. Qué ridículo.

Abuelito se inclina hacia atrás y observa como entomólogo sorprendido. Suelta incomprensible parrafada en lengua gala.

-Abuelito, por favor. Basta.

-Me encanta haberte conocido -se autotraduce- Pero no dejas de sorprenderme con tus contradicciones.

-Y, ¿no forma eso parte de mi encanto?

-Yo no lo llamaría encanto.

-¿Cómo entonces? ¿Inconstancia? ¿Esquizofrenia?

-Vale. Encanto.


******

-Mmmm... Abuelito, ¿tienes algunos trucos para hablar en público?

-¿Por qué? ¿Tienes una presentación o algo?

-No, he tenido.

-¿Y por qué no me llamaste antes de hacer el ridículo?

-Vaya, gracias por la confianza.

(En realidad, fue aún más horrible de lo que él supone. Nada más empezar a hablar, se me quedó la boca seca y el tono de voz me subió a limites insospechados: parecía la ratona Minnie tras un chute de hidrógeno. Tan chirriante resultaba, que los micrófonos saturaron. Pegaron un pitido de horror y yo pegué un chillido de terror. El publicó se descojonó. El escritor presentado -que después fue amable y simpático y parecía divertirse en la cena- ni siquiera osaba mirarme.)

-El secreto para afrontar con éxito una situación de miedo escénico, querida niña -explica solícito Abuelito de Heidi, como si estuviera sentada en sus rodillas- es pensar que la tienes más grande que todos los presentes.

-Bueno, sí. Eso está bien. No tendré problemas en pensar eso. ¿Y qué más?

-Ensayar antes de hablar. Repetirlo en voz alta. No mirar jamás a la cara de quien te escucha sino a las cabezas, a nadie en particular. Pronunciar lento. Poco más. Pero lo fundamental, como te he dicho, es pensar que la tienes gordísima.

-Qué haría yo sin tus consejos, Abuelito.

Abuelito sonrió melosamente.

Calló la boca pero la respuesta hubiera sido: 'Ahorrarte sesenta lerus, so lerda'.

Referencias

Dirección para referencias

  1. [...] Abuelito, te echo de menos
LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009