Abuelito, dime tú
trinidad - 10-08-2007 12:54:57 | Categoria: Fragmentos de realidad
Más perlas de diván
El último (y definitivo, me temo) descubrimiento de Abuelito de Heidi respecto a mi persona y mis registros cerebrales es que soy una adicta. A la endorfina. Esa es, al menos, su teoría, que aún no ha encontrado una opinión -ni en mí misma ni en quienes me rodean, ay- que la contradiga.
-Y, ¿cómo anda mi yonkie favorita? -suelta, socarrón.
(Yo creo que Abuelito de Heidi se pone para mí su mueca socarrona,
porque no le conozco otra -bueno, sí. La de ogro rugiente-).
-Muy bien. Me han llamado para que protagonice la campaña 'No
compres drogas. Fabrícalas'.
Abuelito ríe.
-¿No hay metadona para mí? -pregunto, ya puestos.
-Mpf. Como mucho, te doy tu roseta de treinta días limpia y a correr. Que ya te vale.
****
Abuelito, meloso.
-Te tengo que traer un regalito.
Me temo lo peor. Una camisa de fuerza. Un semana de descanso en una
casa de reposo. Un iPod que da descargas de electro.
-Es un libro -se explica, como si me hubiese leído la mente.
-¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?
-Ética sin moral.
-¿Y qué, fue leer el título y pensar en mí?
*****
-¿Qué te pasa en el ojo?
-Nada, que estoy tuerta.
Abuelito de Heidi esconde la cara entre las manos. Cuando vuelve a
surgir, resopla:
-Ciega, sorda...
-Loca.
-No, yo no he dicho eso. Tal vez... ligeramente transtornada.
******
-Y bueno, hay un problema con una amiga.
-Te ha pedido lío y no sabes cómo decirle que no.
Abro los ojos al borde del segundo desprendimiento de retina:
-¡¡¡¡Nooooo!!!!!!
-Mpf, ¿cuándo vas a empezar a contarme cosas interesantes? ¿No sabes
lo que me aburro?
*******
-Hice una prueba de trabajo. Me salió mal.
-Ya.
-No. No ya. Estaba diseñada por mi peor enemigo. Era tipo test y las
pantallas cambiaban cada veinte segundos.
-En parte lo que se mide en esas cosas es la capacidad de bloqueo y de respuesta ante el estrés.
-Je, pues está claro.
-Bien, si te vuelven a llamar para una entrevista, te voy a decir lo que les tienes que decir...
-¿... que sé perfectamente que la capital de Georgia es Tbilisi?
-No, échate flores. Diles que tienes un cerebro y una boca como raramente verán otros. Y que todas las capacidades que te dan ambos están absolutamente a su servicio. También tienes un bonito látigo de nueve colas con el que te enredas más que te flagelas, pero eso ya lo notarán nada más verte.
******
-Bueno, ¿adónde irás de vacaciones?
-Ya te lo dije, a París.
-¿Con el Príncipe del Mal?
-Sí, Memorial.
(Esto me ocurre por hacerle parecer el malo de la película.)
-Mmmm... te gustará. ¿Sabes hablar francés?
-No, no sé decir ni cruasán con acento. Para que te hagas una idea.
-Gruasón -pronuncia Abuelito, con boca de rosita de té.
-Ya, no puedo. Qué ridículo.
Abuelito se inclina hacia atrás y observa como entomólogo sorprendido. Suelta incomprensible parrafada en lengua gala.
-Abuelito, por favor. Basta.
-Me encanta haberte conocido -se autotraduce- Pero no dejas de sorprenderme con tus contradicciones.
-Y, ¿no forma eso parte de mi encanto?
-Yo no lo llamaría encanto.
-¿Cómo entonces? ¿Inconstancia? ¿Esquizofrenia?
-Vale. Encanto.
******
-Mmmm... Abuelito, ¿tienes algunos trucos para hablar en público?
-¿Por qué? ¿Tienes una presentación o algo?
-No, he tenido.
-¿Y por qué no me llamaste antes de hacer el ridículo?
-Vaya, gracias por la confianza.
(En realidad, fue aún más horrible de lo que él supone. Nada más empezar a hablar, se me quedó la boca seca y el tono de voz me subió a limites insospechados: parecía la ratona Minnie tras un chute de hidrógeno. Tan chirriante resultaba, que los micrófonos saturaron. Pegaron un pitido de horror y yo pegué un chillido de terror. El publicó se descojonó. El escritor presentado -que después fue amable y simpático y parecía divertirse en la cena- ni siquiera osaba mirarme.)
-El secreto para afrontar con éxito una situación de miedo escénico, querida niña -explica solícito Abuelito de Heidi, como si estuviera sentada en sus rodillas- es pensar que la tienes más grande que todos los presentes.
-Bueno, sí. Eso está bien. No tendré problemas en pensar eso. ¿Y qué más?
-Ensayar antes de hablar. Repetirlo en voz alta. No mirar jamás a la cara de quien te escucha sino a las cabezas, a nadie en particular. Pronunciar lento. Poco más. Pero lo fundamental, como te he dicho, es pensar que la tienes gordísima.
-Qué haría yo sin tus consejos, Abuelito.
Abuelito sonrió melosamente.
Calló la boca pero la respuesta hubiera sido: 'Ahorrarte sesenta lerus, so lerda'.
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- [...] Abuelito, te echo de menos