Alma de mantis
trinidad - 31-01-2008 10:52:06 | Categoria: Reflexiones
Más allá del principio del placer
El mundo se divide en dos tipos de personas: aquellas que elegirían renunciar a la mesa y aquellas que elegirían renunciar a la cama. Una hipótesis que excluiría, por supuesto, morir de inanición en el primer caso y de neurosis varias en el segundo. No hay letra pequeña: se trata, simplemente, de escoger. Memorial es de mesa. Tras cada opípara comida me pregunta, retador: “¿Sigues pensando igual?”.Y yo siempre pienso igual. No ha llegado el cocinitas que me haya tentado siquiera con cambiar mis prioridades. Lo cierto es que semejante handicap de Memorial no me molesta demasiado. Al fin y al cabo, su famoso “Sigo prefiriendo la mesa” sólo sale de sus labios tras la competencia de muy serios rivales: entrecot de retinto, carrillada con canela, arroz negro, tartas de queso con telarañas de meloso caramelo. Y luego está el hecho cierto de que a cada uno lo configura su biografía: el carácter previsor y adelantado de Memorial, ¿no le hará pensar en su vejez ausente no sólo de placeres carnales, por impedimento de la biología, sino también de los pecados de sartén? Y, en mi caso, ¿no me habrán hecho mis males intestinales de por sí desconfiada hacia cualquier potencial amigo culinario y movido a abrazar el carpe diem amatorio no vaya a ser que mi piel no llegue a pelleja?
El sexo es, a decir de algunos, una cuestión sobrevalorada. Probablemente: se reconoce a un país que ha pasado mucha hambre por el valor exagerado que le da a la comida. Sexo y hambre comparten una misma naturaleza: son necesidades y, como tales, pueden ser cubiertas de mejor o peor manera. Puedo comprender las teorías de los comensales: que la cama es a menudo una cuestión decepcionante, que las expectativas coartan muchas veces la realidad y que, en el mejor de los casos, el placer es intenso pero demasiado breve –aunque ante tales afirmaciones, la Trinidad Interior no hace más que preguntarse dónde cuernos se ha metido esa gente y en qué tibias compañías han andado-. Igual que hay platos para todos los gustos, hay revolcones para todos los gustos. Un día, sin tiempo y con pocas opciones, uno puede tomarse un sándwich. Pero, como diría Hannibal Lecter, “eso no es comida”.
Para mí –ya ven, a estas alturas, una sentimental- una diferencia fundamental está en la carga afectiva. Un polvo de máquina no la tiene: no es algo que haya sido preparado con delectación ni te invita a la sobremesa (sobrecama). Pienso que el cariño hace mucho no sólo entre fogones. Al igual que la renuncia, como dicen los embarcados –aquello de “cuanto más larga es la ausencia, más fuerte es la topá”-. O el elemento de lo imposible –dile a alguien que su amor está condenado y lo convertirás en eterno-.
Dándole vueltas al tema, el otro día vislumbré por qué he resultado ser criatura de sábanas más que de manteles. Creo firmemente que uno quiere a la gente por sus defectos –muchas veces, de hecho, se llega así al enamoramiento-. En vez de aprehensión o rechazo frontal, las cicatrices de los demás despiertan tu ternura, tu comprensión o tu empatía. Y la cama es el único momento en el que podemos tener acceso al otro en un estado de completa vulnerabilidad: con sus miedos, con su ansia, con sus michelines.
Ahí está el juego, claro. Y el peligro. Uno nunca sabe a quién va a descabezar. O si será descabezado.
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Si la hipótesis del "gen egoista" es cierta, y mi experiencia vital me lleva a pensar que lo es, nuestra programación tiene como único fin el sexo, y todas las demás actividades que consideramos importantes están supeditadas a su consecución. Conoce usted a alguien que haya dejado de fornicar para poder comer mejor? (vale, sí, los obispos, pero en este juego son cascarón de huevo). Y sin embargo, la mayoría de nosotros reprimimos nuestra hambre voraz para que el exceso de tejido adiposo no nos aleje demasiado de la pole-position en la carrera por el placer venéreo.
O por decirlo de otro modo, si yo estuviera en la tesitura del macho de la mantis también sacrificaría mi cabeza por ese momentáneo sabor de existencia.
Comentario de Profesor Franz hace 1 año y 22 meses
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Je, je. Eso le pasa por poner al pobre Memorial ante decisiones de ese tipo, como si no conociera la pretérita reputación de su saque. Quizás una ventaja de la mesa sobre la cama es que no llega un momento en que uno deba comprometerse moralmente con una gastronomía, sino que, muy al contrario, tras el chuletón y los perritxicos toca sueca, mañana africana, japonés el miércoles,… Me da a mí que en la cama no estaría usted a favor de semejante variación en el menú. Sea como sea, a mí Memorial me dice que él en su casa se lo come todo… espero que sea cierto.
A mí particularmente, y aunque no se puede faldear mucho de ello, si me hacen elegir, elijo primero una buena mesa. Y luego una buena cama.Comentario de M hace 1 año y 22 meses
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¿El valor del sexo? Un amigo mío, que definido vaga y estrictamente quedaría retratado como capillita, religioso hasta lo irracional, adicto a los 'rezaeros' y devoto de diversas vírgenes sostiene que, y cito, "si los orgasmos duraran quince minutos, Dios se podría meter su Gloria en los cojones". Pues eso.
Comentario de Tipo típico hace 1 año y 22 meses
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Pues yo soy más de mesa.
Comentario de lanavajaenelojo hace 1 año y 22 meses
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A principios de Febrero y parece que ya es primavera en el corte inglés. Como huelen las flores.
Comentario de Rodrigo Fraile hace 1 año y 22 meses
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Gracias, Navaja. Ya me estaba pareciendo que yo era un bicho raro! En su caso aún es más relevante, viniendo de alguien que convive con un montador de película!
Comentario de M hace 1 año y 22 meses
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A ver... demasiada mesa, impide disfrutar de buena cama. Pero demasiada cama, hace fantástica la mala mesa!!!
claramente, prefiero la cama... Cariño, esta es una entrada para copiar en mis teorías... :)Comentario de Fatima hace 1 año y 22 meses


