Esos barros (I)
trinidad - 09-02-2008 12:07:37 | Categoria: Reflexiones
Ovidio y 'El arte de amar'
Bien, no puedo decir que me sorprenda. Teniendo en cuenta los lodos que de tanto en tanto nos anegan, es indudable que anteriormente se dieron barros de muy densa consistencia. Uno de los libros que me compré con el primer cutre premio literario que gané en mi vida –en una Feria del Libro cuando tenía 16- fue las 'Metamorfosis' de Ovidio. Como muchos de ustedes sabrán, magnífica recopilación que nos cuenta por qué la araña es una araña y un narciso es un narciso. Me gustan las cosmogonías –me gustan esta cosmogonía griega, en particular- porque siento que explican el mundo como debiera haber sido, como probablemente sea en esencia. Entiéndanme bien: me muevo por historias. Es fascinante encontrar bichos como el pterodáctilo. Pero igualmente fascinante es pensar que la cigarra era un antiguo amante de la Aurora, maldito con el don de la eternidad.
En fin. Que tenía en alta estima a Ovidio a causa de sus morfofábulas. Una alta estima que cayó en picado, por supuesto, en cuanto me hice con la que quizá sea su obra más comentada: el 'Ars Amandi'.
Muy lejos de ser un KamaSutra, el Arte de Amar reúne una serie de consejos aptos la desarrollar la táctica de la seducción. Tenga la bondad de acompañarme a lo largo de los numerosos ejemplos:
- Punto primero. Establecer cotos de caza –pues así los describe el poeta-: “Tú, que de igual modo buscas materia de amor duradero, antes aprende el lugar más abundante en mujer”.
1.El teatro: “El coto mejor son sin duda los corvos teatros, sitio no vas a encontrar más fructuoso a tal fin: desde materia de amor al alegre retozo, desde el placer de una vez a una vivaz relación (…) Si en el regazo de la joven casualmente polvo cae, con los dedos tendrás que sacudírselo tú: y si tal polvo no hubiera, sacude, aún así, el que no haya: sirva cualquier ocasión para mostrarte cortés. Si, demasiado caídas, sus faldas rozaran el suelo, álzaselas puntual de tan inmundo rincón, que de revuelo la joven, en pago a tu celo, se vea en situación de rendir piernas a tu ojo avizor. Controlarás además que no oprima su grácil espalda con la rodilla el que esté sobre el asiento de atrás. Las pequeñeces cautivan las almas ligeras” –¿sí, eh? Ya me lo explico todo. A eso debía referirse mi abuela con lo de alma de cántaro-.
2.Los banquetes: aconseja al seductor una táctica que ya usó Paris con Helena –es decir, que me da a mí que Ovidio no era precisamente un rompe peplos-: “Con hilillos de vino escribe en la mesa lisonjas tales que le hagan saber que ella es la dueña de ti, y hasta mirarla a los ojos con ojos que un fuego declaren; aun en silencio la faz tiene palabras y voz. Copa que toquen sus labios procura hacer tuya primero y, por donde haya bebido la joven tú también has de beber, y los manjares que apenas rozando ella está con sus dedos tómalos tú y, a la vez, busca su mano tocar”. /En el tema de los banquetes, Ovidio advierte, sin embargo, de los terribles chascos que uno puede encontrar ya que “noche y alcohol no van bien para juzgar la beldad. Cela defectos la noche y toda fealdad se perdona, es que esa hora hace hermoso a la mujer más vulgar”.
- Segundo punto. Fechas poco propicias. Básicamente, encontramos dos: el invierno y su cumpleaños: “Con religioso terror –afirma, cual personaje de Matrimoniadas- mira el día natal de tu amiga, un día negro sea aquel en el que toque obsequiar. Aunque lo evites muy bien, algo saca: buscárselas saben para arrancarle los cuartos al anhelado amador. Un buhonero irá a ver, desastrado, a tu pródiga dama; sus mercancías expondrá mientras tú sigues sentado; ella dirá que las mires y besos después te dará. ‘Cómpramelo’, dirá al fin. Te jurará que con eso va a estar muchos años contenta, que lo necesita ahora, que es una buena ocasión. Y si se te ocurre decir que no llevas dinero encima, hará que firmes y tú, lamentarás saber escribir” -¿ya existían los cheques? Los romanos, los romanos… ¿qué nos han traído los romanos?-.
- Tercer punto. Aspecto: los metrosexuales son eunucos de Cibeles. “En cuanto a ti –aconseja- no te dé por rizar con el hierro tu pelo, ni por frotar jamás tus piernas con rasposa pómez; eso que lo hagan aquellos que a coro a la Madre Cibeles lanzan, al frigio compás, cantos de horrísona voz. En el varón la hermosura mejor descuidada ha de ser (…) Que por su aseo los cuerpos agraden, que el campo los dore; debe la toga caer bien y sin mancha ha de estar. Tiesa no lleves la piel del calzado; la hebilla sin sarro; no nade errante tu pie en el correjel sin atar. Y que no deje un mal corte tus pelos de punta, afeándolos, barba y cabello recorte siempre una mano de fiar. No sobresalgan las uñas y no han de tener suciedades; y en su agujero ningún pelo tendrá tu nariz. Que un mal olor en la boca no vuelva tu aliento molesto. No hay más que hacer, lo demás déjalo a las coquetas mujeres y a ese que, poco varón, busca varón poseer”.
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