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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

La hora de la verdad

Pequeñas infamias

Los parias inadaptados del patio del colegio –nerds, geeks and freaks- temíamos con superstición caribe un muy sesgado momento del horario escolar: la hora de gimnasia.

Ese clásico aterrorizó desde el minuto uno tanto mis tempranos días de instituto como los de todas mis compañeras de nerditud.

Mi inmersión en el mundo de la humillación colectiva a través de lo físico fue, sin embargo, muchos años antes, con la natación. Tenía Trinidad seis años y poco más que piel, huesos y vegetaciones tenaces, cuando mi progenitora, en su amplia sabiduría, pensó que lo mejor que podía hacer para pasar el verano era apuntarme a clases de natación. Yo era la mayor del grupo de los renacuajos. Huelga decir que todos los renacuajos terminaron chapoteando felices en su medio natural mientras que Trinidad fue la única que pudo enorgullecerse de realizar una trayectoria inversa: empecé sin manguitos y terminé con ellos. Las clases eran una agonía continúa en la que Trini se debatía entre la muerte por asfixia, por congelación o directamente por bochorno. De tanto en tanto, cuando conseguía levantar los ojos por encima del nivel del agua, veía a mi madre sentada en un sillón de caña, tomando un vino con una amiga, sonriente y feliz en su pamela rosa, ajena al que podría haber sido trágico destino de su progenie.

 

Cuando terminaba el horror, el monitor le entregaba a una Trini de labios morados, envuelta en dos toallas: ‘Esta niña –le insistía- lo pasa muy mal, la pobre’.

Pero no sería hasta la adolescencia –ay- cuando mi ineptitud se manifestaría en todo su esplendor. Los ejemplos son muchos y variados. El colgar como un fardo de la maroma durante la prueba de potencia de brazos, incapaz de hacer que tus bíceps-tríceps superiores desarrollen la potencia necesaria para arrastrar tu culo. Las marcas rojas con las que Trini y Amigas coronaban el salto de altura –¿por qué la barra era de hierro?, ¿en serio querían matarnos?-. Los estertores que se seguían escuchando por todo el gimnasio al terminar los mil metros. El largo rosario de humillaciones en todos los deportes en grupo imaginables –desesperada por incluirnos en algún lugar, la profesora nos hizo recorrer toda la gama deportiva practicada posible: voleibol, baloncesto, fútbol, incluso ping-pong-. El día de la prueba de baloncesto –otro inolvidable momento- hacía una levantera del quince, de las que sacan a bailar a los bidones en las explanadas.

Por supuesto, las canastas tenían ruedas.

Por supuesto, se movían de un lado a otro.

Por supuesto, nosotras también nos movíamos: corríamos desesperadas tras lo que parecían engendros de artesanía aquea, tratando –con escaso éxito- de que el balón no se nos escapara muy lejos. Y así, por turnos, dos de las nerdas  íbamos detrás de la plataforma mientras una tercera trataba de recuperar el balón volante.

La Nazi miraba estupefacta por encima de sus gafas, con el bolígrafo paralizado sobre el boletín de notas. En un momento determinado, se rindió. Dejó caer las manos y se retiró a sus aposentos, moviendo la cabeza anonadada: ‘No puede ser –le escuchamos musitar-. No puede ser verdad’.

Pero lo mejor, por supuesto, fue la exhibición de gimnasia rítmica. En justo lo único que podríamos haber salvado con mediana vicisitud, los hados jugaron en nuestra contra: se nos olvidó cuál era el día de prueba. Bueno, se nos olvido a Pequeña Arpía 1 y a Trinidad, no a Pequeña Arpía 2.

Pequeña Arpía 2 estaba gordita por entonces, llevaba gafas de miope con cristales ahumados y lucía, esa tarde, una inclasificable sonrisa. Porque si la pobre PA-3 caía como un gorrión ensartado de las espalderas y parecía morir de apoplejía corriendo por la pista, tenía una habilidad que sobresalía con mucho a las de sus compañeras: una flexibilidad pasmosa.

Así pues, Pequeña Arpía-3 contemplaba con ilusión la fecha del baile, la única en todo el calendario escolar que podría pasar con cierta decencia.  

La cuestión es que a PA-3 –una moña es una moña es una moña es una moña- se le había antojado lucir una cinta culebrina como las de las gimnastas de la tele. Ante semejante petición, su madre le dijo que no estaban para tonterías y que, si quería una cinta, ella misma se la hacía. Y se la hizo, en efecto, con un palito blanco como de jaula de canario y una cinta fucsia de la mercería. PA-3 la probó ilusionada en su casa y, ante la evidente languidez del invento, decidieron introducir un alambre al pedazo de seda.

Huelgan comentarios. 

La inclasificable sonrisa de Arpía-3 dejó paso a una inmediata expresión de tristeza y horror en cuanto vio, a su vez, los rostros incrédulos de las demás compañeras –muchas de las cuales ejercían de estilosos cisnes en adecuadas academias de baile-.

‘Bien –dijo la Nazi, ansiosa por atesorar anécdotas de sobremesa-. Trini, PA-1, PA-2. Os toca’. 

Y allí, con el ‘Live to Tell’ de fondo, Trini y sus nerdas comenzaron a bailar. Trinidad y PA-1, además de improvisar con cierta coordinación trataban por todos los medios de no cruzarse en el camino de PA-3, que blandía su Cinta de la Muerte como si fuera una batuta.

-No la mires, no la mires –repetía-PA-1-. Que te va a dar la risa.  

Pequeña Arpía-2 tenía los ojos cerrados y su carita se contraía en éxtasis de esfuerzo y entrega: había salido a darlo todo en aquel ruedo. 

Tras un par de chocazos internos, la perfomance terminó triunfalmente, con Trini y PA-1 estrelladas contra las espalderas tras varios giros mortales y PA-2, en el centro, abierta de piernas como una bailarina hipopótamo, con la triunfal cinta enhiesta sobre su cabeza. 

Cómo debió ser aquello que, antes del descojone colectivo, hubo un momento de incrédulo silencio. 

La Nazi nos miró atónita. Bajó los ojos al boletín. Volvió a mirarnos.

-Yo… -farfulló-. Yo no sé nada. Tengo… que pensarlo.

Referencias

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Comentarios

  1. jajaja me parto y mi jefe me mira raro.. Lo mío era al revés, me salvaba el baloncesto, y me vengaba de las pijas cuando me pedían clases particulares en los recreos.

    Comentario de geminisdespechada hace 1 año y 20 meses

  2. Me encanta cuando cuentas anécdotas de tu nerditud. Yo soy y fui tan freak como la que más, sin embargo, se me daba muy bien la gimnasia. De hecho, siempre he pensado que, mientras en un tío hacer mal gimnasia supone una condena social, para la mujer el equivalente es hacerla bien y que, encima, te guste. Lo de jugar al fútbol en los recreos no está muy bien visto para una fémina.

    Cuando me cambié de colegio y allí se cometía la atroz discriminación de que los chicos hiciesen deporte y las chicas unas cursilísimas figuras de gimnasia rítmica, ya sí que caí en lo que tú describes. Pero en EGB era una campeona. Y eso, en una chica, creedme, no sirve para ligar.

    Comentario de lanavajaenelojo hace 1 año y 20 meses

  3. Acojonado me ha verme tan bien reflejado en un post ajeno a la par que femenino. Esto cansará a lanavaja, pues es mi sempiterno discurso, pero llámesele raciocinio, llámesele "las uvas están verdes", mi actitud para no caer en la depresión siempre ha sido mi absoluto desprecio hacia el deporte en todas sus manifestaciones (menos la F1: allí las máquinas no dejan ver al ser humano en el interior ¡bello!).

    Por ese motivo, no sólo he defendido la gimnasia como algo optativo, sino que ADEMÁS, no debería puntuar para la nota media. En cuánto tiempo das una vuelta al patio o si eres capaz de meter una pelota por el aro es algo que, realmente, al bienestar de España - tan carente de I+D y capital humano - NO le interesa.

    Tanto putear las clases de religión... Un trillón más de utilidad que la gimnasia, que NUNCA ha hecho nada por nadie que no fuese atlético o saludable de partida.

    ¿Atletas españoles en los juegos olímpicos? Con el dinero de mis impuestos NO. (¿Alonso en F1? Con el dinero de empresas privadas SÍ).

    Comentario de vicisitud y sordidez hace 1 año y 20 meses


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