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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Viaje a alguna parte

(Recientes acontecimientos me han vuelto a traer esta historia –que sucedió hará cosa de un año- a la cabeza).

 



Lo cierto es que no recuerdo su nombre. Recuerdo que su hijo, un crío pelirrojo del que me enseñó la foto y con el que habló por teléfono, se llamaba Ariel. Y entonces yo pensé que en realidad era a él a quien le pegaba ese nombre, porque suya era la apariencia angélica: los ojos grandes y azules, la piel blanquísima, el cuerpo completamente lampiño. Hubiera sido el arcángel perfecto en la función del colegio.

Coincidimos en un tren. O, más bien, en dos trenes. El que íbamos a coger hacia Wintertown se estropeó y nos tuvieron que llevar en Pony Express hasta Sevilla y, una vez allí, coger otro enlace. Cuando entré en el vagón –en el juego de las sillas, Trini siempre salía la primera- el único asiento libre era el que había a su lado.

Hizo un par de comentarios que demostraban su asombro ante el tercermundismo propio de la zona –ay, no, qué torpe estoy, si eso se llama calidad de vida-: ‘Pero, ¿en este tren no hay cafetería?’ (Risas crueles), ‘Pero, ¿en este tren no hay servicios? ¿Sin servicios hasta Sevilla?’ (Las risas crueles mutan en gestos de sincera preocupación). 

Trinidad leía, mirándolo de reojo, mientras él se dedicaba a mirar el paisaje. 

-¿Sabéis cuánto se tarda en llegar a Sevilla? –preguntó, en un momento dado, Pelleja Alterada.

-En esta cafetera, más de dos horas –contesté. 

-¡Más de dos horas! –exclamó Pelleja-. ¿Cómo voy a estar yo más de dos horas sin fumar? No hay derecho. A esto no hay derecho. Que no exista un sitio habilitado para fumadores en trenes y aviones…

-Tampoco es tanto tiempo… 

-Si yo respeto a los que no quieren fumar, pero que me respeten también a mí –continuó Pelleja-. Si es que lo que estamos viviendo en España no es normal…

-Bueno, no es algo sólo de España –le dije, con boquita chica- sino de toda Europa. 

-De toda Europa, Indonesia, Sudáfrica, Estados Unidos… -terció, de repente, el chico sin pelo, con la boca pero bien grande-. Y tal vez sea exagerado pero, desde luego, lo que no se puede seguir es como estábamos, con la gente fumando en los autobuses o a tu lado mientras te estás zampado la lubina. Es molesto…

-No, yo no pretendo molestar a nadie… 

-Eso cree usted pero, ¿y si yo me pincho y le salpico de sangre? ¿No le molesta? Pues lo de la sangre es mucho menos peligroso…

Se hizo el silencio. Cada uno se sumió en sí mismo. Pelleja cerró los párpados tras sus cristales ahumados. Yo volví a meterme en el libro. El tipo volvió a mirar por la ventana. 

-¿He sido borde? –me preguntó, de repente.

Miré a un lado y a otro, asombrada. 

-¿He sido borde? –repitió el chaval.

-No…no… bueno, un poco. Pero ella ha sido infinitamente estúpida. Lo merecía. 

-Gracias –sonrió.

Y no volvimos a hablar hasta llegar a Santa Justa, donde lo sorprendí parado delante de mí, observándome con los ojos más abiertos que he visto en la vida. 

-¿Se puede saber… -musitó- … de dónde has sacado esos palos de golf?

-No son míos –me apresuré a contestar. 

-No, si ya imagino.

-Pelleja me ha pedido que se los guardara mientras iba a no sé qué. 

-Que le den a Pelleja.

-¿Cómo? 

-Que le den a Pelleja, joder. Anda, ven conmigo y me dices por dónde se coge el AVE.

Los vascos tienen un yo no sé qué hablando que te conmina a obedecerlos a toda costa. Es increíble. Cambiaría yo con gusto mi Rh- por tamaña seña de identidad. Fui con él, por supuesto, aunque tampoco tenía ni la más remota idea de por dónde se cogía nada. 

Interior, AVE. Trinidad levanta con la poca pericia habitual su macuto hasta la zona de portaequipajes. El Chico-Hombre del Pañuelo mira con cierta preocupación.

-Tras ver esto, me da hasta miedo decírtelo –confiesa- pero me tienes que ayudar a subir la maleta. Últimamente, no tengo mucha fuerza. 

Trinidad y Chico-Hombre del pañuelo triunfan en la homérica labor de levantar entre ambos quince quilos de peso. Y, tras tamaña gesta compartida, deciden sentarse juntos.

El Chico-Hombre del Pañuelo no conocía las playas de Tarifa y había decidido pasar allí unos días. Una vez le hizo tanto Levante –“No sabía que aquí el viento soplaba así de fuerte”-, que se tuvo que ir por que la arena le azotaba las pantorrillas. Pero le encantaba seguir viéndose los pies al adentrarse en el mar y las aguas cortantes de Bolonia, y el olor a dulce y a sal y retama quemada al bajar a la playa.  

-Pero tú tienes suerte. Vives en Cániz.

-Cániz no es Tarifa –le explico-. Además, te voy a llamar la atención sobre el siguiente detalle: tú y yo somos los que peor cara tenemos después de esa anciana octogenaria, con la toquilla en la falda. Y no nos aventaja por mucho. Pregúntate por qué. 

El Chico-Hombre del Pañuelo asintió riéndose.

-¿De verdad no he sido borde? –insistió.

-¿Crees que eres borde?  

-No sé… últimamente… últimamente lo soy mucho. Con lo del tratamiento… como comprenderás, con lo del tratamiento, me pongo intratable…

Aunque esperaba algo relativo a la enfermedad, al escuchar aquello seguí sonriendo como si no fuera nada. Como si el tratamiento del que me estaban hablando fuera la depilación con láser. 

-Pero es que el agravio comparativo… -fue lo único que acerté a decir-… El agravio  comparativo es muy grande.  La diferencia entre los que están fuera del lazareto y el que está enfermo es enorme… Yo te comprendo. Te comprendo perfectamente. Tienes todo el derecho del mundo a cabrearte.

El hombre parpadeó, incrédulo. 

-¿Tú has tenido cáncer?

-No, qué va. No he tenido cáncer. Aunque también tengo un currículum divertido, por eso sé… Mi mal es distinto… es un síndrome autoinmune. Un síndrome extraño –le expliqué-. Cuando te dan ataques te duele a morir, te ingresan, te operan y te recuperas lenta y penosamente. No, no es como el cáncer, ni mucho menos.  Pero en todas mis estancias hospitalarias, que duraban semanas, me transformaba en una bruja insoportable. Chillaba a las enfermeras. A los que venían a visitarme. Les tiraba a la cara las radiografías. Un cuadro. 

El pañuelo volvió a moverse compulsivamente tras las orejas.

-¿Tú? 

-Sí, yo.

-Pero si pareces una mujer divertida e inteligente… 

-Mmm… -clásica sonrisa torpe ante halagos-. Pero queda poco de eso, créeme, cuando aúllo de dolor con tubos por todos los orificios de mi cuerpo y algún alma bien intencionada se me acerca, con sus insultantes mejillas sonrosadas por la ansiada luz exterior, y me pregunta: ‘¿Qué? ¿Cómo va ese dolorcito?’.

El Chico-Hombre del Pañuelo asintió. 

-Sí, es cierto. Leí algo de eso en un libro. Lo llamaban ‘La tiranía del pensamiento positivo’. Decían, vale, estás jodido, machacado, tienes cáncer y el convencimiento interno de que el universo te odia… y, encima, ¿tienes que esforzarte por sonreír y ser feliz porque así contribuyes a tu mejora? Y una mierda…

-Exacto. 

-A lo que tengas le importa un carajo si estás triste o contento o tienes tres hijos o eres un pedazo de cabrón…

Me contó lo que hacía antes de la enfermedad –comercio internacional- y los libros que había leído ahora que casi no podía hacer otra cosa –lo último, algo de García Márquez y La conjura de los necios-. Llevaba mal el cansancio: había ciclos que le hacían pasarse días enteros en cama. Lo arrastré hasta la cafetería cuando pasábamos por Despeñaperros –‘Pues sí que es bonito’-, y hablamos del exquisito milagro que consigue una tostada de plástico en un viaje en tren y decidimos que debíamos escribir una carta para impedir que en los viajes se les ocurriera poner plastas de cine de autor. Un viaje en tren exige su ración de digna bazofia cinematográfica. Aunque no le haríamos ascos, por ejemplo, a alguna Ninotchka de tanto en tanto o algún Los siete magníficos –magníficos, no samurais-.

Cuando ya casi llegábamos, de nuevo en nuestros asientos, no sé cómo comenzamos a hablar de la ruleta. De cómo aceptar el hecho inamovible de que te ha tocado.

-Tras una de mis operaciones, cuando volví al trabajo, se lo comenté a uno de mis compañeros –me dio por explicarle-. Le repetí aquello de que, bueno, no se trataba de algo terminal pero sí definitivo y que era una mierda tener esa espada de Damocles colgando sobre mí. Y él me soltó la típica castaña de que, bueno, la espada de Damocles la tenemos todos encima y demás… y a mí me cabreó porque, sí, eso es cierto. Es bien cierto. A cualquiera se le puede caer un satélite en la cabeza. Pero la que está mala y, objetivamente, con un montón de papeletas de la rifa ya en la mano soy yo… 

-Sí, sí… yo también me cabreo ante esas salidas…

-Pero, ¿sabes? La verdad es que tenía razón. Tenemos lo que tenemos ante nosotros. Un par de semanas más tarde, el tipo murió de un ataque al corazón. Y yo me quedé tan feliz, con mi síndrome y mi incertidumbre, pero en el mundo de los vivos. Al otro lado del Leteo. 

Ante semejante anécdota, las pupilas del Chico-Hombre del Pañuelo se agrandaron y encogieron y volvieron a agrandar

- Vaya… -susurró-. ¿Es cierta esa historia? 

-Por supuesto que lo es. Una historia verdadera.

Hubo un emocionado silencio. Chico-Hombre hacía esfuerzos por no echarse a llorar cual Niña-Mujer hiperhormonada. 

-Pero, tú estás bien, ¿verdad? ¿no te ha vuelto a pasar?

-Sí, yo estoy bien. 

-¿Y por qué te ocurre?

Y por qué te ocurre, y por qué no lo solucionan, y qué es exactamente lo que te pasa, y no puedes hacer nada, y cómo sabes cuándo te va a volver, y qué te han dicho de tu futuro, y puedes hacer vida normal, y no estás cansada, y puedes comer de todo. Hasta que llegamos a Atocha, todo fue un interrogatorio destinado a desentrañar la causa de mis males. Cosa que no lograba entender –súbito y profundo interés en la enfermedad de una desconocida cuando uno ya tiene bastante con lo que tiene encima- hasta que nos levantamos para irnos.  

-Pero nunca te va a volver a dar, ¿verdad? –me soltó, ya con las maletas en la puerta-. Nunca, nunca te va a entrar de nuevo.

Me miraba con febril arrobamiento y entonces, en ese momento, entendí todo aquel interés. No es que estuviera de repente enamorado, desarmado por mis seductoras artes en un simple trayecto de tren. Es que, durante ese simple trayecto, había encontrado, encarnada, lo que durante tiempo habría estado buscando: una prueba de fe. Un testimonio de que es posible: de que uno puede ser abierto en dos, como un rollito chino, puede volverse verde, vomitar durante días una inhumana cantidad de bilis, llevar durante tres semanas tubos en la nariz supurando porquerías, adelgazar hasta los picos de las caderas, creer que no tienes remedio y aún así, sobrevivir. Volver al mundo con poco más que incertidumbre, antipatía a las grasas y las tetas caídas.  

-Seguro –contesté, mintiéndome a mí misma-. Seguro que no volvemos a saber de ello. ¿No me ves? Soy la lozana y pálida andaluza.

Memorial saludaba desde el otro lado del cordón de llegadas. Chico-Hombre tenía que salir corriendo a por un enlace al norte. Le di la tarjeta con el móvil y el correo y nos despedimos con un sentido abrazo. No he vuelto a tener noticias suyas y espero, con todas mis fuerzas, no ser más que una víctima absoluta de su indiferencia. 

-¿Quién era? –preguntó Memorial, mientras nos decíamos adiós con la mano.

-Un chico al que he conocido en el viaje. Que menudo viaje, por cierto. 

-Ah… parecíais conoceros desde hace más tiempo.

-Sí –le sonreí-. Eso parecía.

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Comentarios

  1. Sencillamente hermoso. Gracias por este regalo.

    Comentario de Alcancero hace 1 año y 19 meses


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