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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Formatos y fetiches

Piezas de resistencia

Era costumbre infantil, cuando uno acometía la destacada gesta de acabar un álbum de cromos, llevarlo al día siguiente a clase para que tus odiadas compañeras contemplaran tu gran triunfo.

Por supuesto, el día en que yo terminé mi amado álbum de Candy, Candy, tuvimos amenaza de bomba. Nos desalojaron a todos –era comienzos de los ochenta, mi colegio estaba frente a una Comisaría- y yo empecé a llorar desesperada. ‘¿No veis a Trini, qué buena es –decían las monjas-, qué triste se queda por lo que le pueda pasar al colegio?’.

Y en mi pequeña persona, claro, se clavaron decenas de miradas que mezclaban la incredulidad, el asco y la ira. Y yo pensé: ‘Encima’.

Encima. Porque yo no lloraba por el colegio, qué cuernos, que por mí podía estallar entero en millones de pedacitos irreconocibles y diminutos. A mí lo que me desolaba era dejar allá dentro mi sobeteado álbum.

Yo soy fetichista.

Es uno de esos calificativos que ya no entiendes como insulto, tan adheridos están a tus propias tripas. Y lo soy desde siempre. A ello contribuye, por supuesto, mi ridículo afán animista: le insuflo vida a las cosas. Me invento que las flores del florero tienen dolor de cabeza –lógico- y por eso hay que darles aspirinas o que el dragón Trasto –mi peluche- se pega por las noches unos cuantos chutes de la bombona, como el que tiene un narguile.

A los fetichistas nos crucifica tanto la monserga judeocristiana –el materialismo está mal visto, por lo que encierra de egoísmo y vanidad-, como los rollos orientalistas –que sólo entienden la posesión como cargas-. No se asume que los objetos, en verdad, son muy capaces de hablar, que encierran rituales e historias y olores y épocas.

En el viaje de vuelta –el viaje definitivo, el de vuelta a Guantánamo, vaya-, coincidí con un tal Manolo, trabajador del metal -a mí me caen bien los trabajadores del metal. Son muy solidarios-. Manolo me comentaba la gran satisfacción vital que le había supuesto la supervivencia del vinilo –hito que había sido posible gracias a la labor de DJs tal que el ilustre Profesor Franz-. 

-Porque ya está bueno lo bueno –decía Manolo-, que te pretendieran quitar hasta el ritual.

Prometo que pocas veces me he sentido tan cerca de alguien. Prometo que ese fue el primer pensamiento que cruzó por mi mente cuando, en mi tiernísima adolescencia, de las tiendas de música empezaban a salir los acordes de ‘Watermark’ editados en CD. ‘No tiene caso –nos aseguraban a todos-. El vinilo terminará muriendo por su propia incomodidad’.

Y la reacción lógica, de persona humana, a semejante argumento, era: ¿El CD se limpia con una bayetita de felpa? No. ¿La envoltura del CD huele a plástico tóxico? No. ¿Al CD lo sacas de su crujiente funda de papel de seda? No. ¿El CD hace ñic, ñic, como la aguja en el disco de Flashdance cuando lo pones? No, claro que no.

Pues no fastidies. Menuda mierda.

Por eso, simplemente por eso, me alegro de que al fin, en una extraña vuelta de tuerca, ahora los vinilos sean lo cool y la Fnac haya terminado dedicándoles una sección.

Algo parecido ocurre con el tema de la larga muerte del cisne de la letra impresa. El otro día, un amigo nos enseñó su última virguería tecnológica: el libro de tinta electrónica de Sony.

La verdad es que una maravilla.

-No sé, tío –se resistía Memorial-, yo es que necesito el tacto del papel…

Amigo Electrónico –ya bautizado, a partir de ahora mismo- le dirigió la misma mirada que debe echar al material fungible.

-Pues no sé, te dedicas a tocar un par de folios, ahí por debajo…pero no me digas que no está bien.

Yo no creo que el libro desaparezca –aunque el libro electrónico se imponga- por la misma razón por la que no han desaparecido los vinilos. Por puro fetichismo y ritual. Los libros de papel terminarán siendo muchos menos, sí. Y, con toda seguridad, distintos: aumentará, supongo, su valor puro como objetos. Pero mientras haya tipos raros que se sientan arropados por estantes llenos de libros y que experimenten cierto placer erótico al acariciar las páginas, no habrá problema. 

Una opinión parecida me merece el tema periodístico: de aquí a nada, el negocio será diferente. Internet dejará convalecientes a las rotativas  pero yo creo que seguirá habiendo periódicos. Tal vez ni siquiera sean diarios y, probablemente, tengan muchas menos páginas. Pero habrán de continuar para alimentar a los que sufren el mono del café con tinta y de las que –levanto la mano- se despiertan los domingos babeando el ansiado momento de rasgar los plásticos de los suplementos y sumergir los belfos en toda esa peste a tinta y papel couché.

Así que, en este inicio del horror, propongo un brindis por la gente tóxica, salvadora de mundos.

Referencias

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Comentarios

  1. Y por eso, todo buen fetichista de sus cosas las cuida hasta extremos que pueden parecer exagerados, sí.

    No se queje, Trinidad, que ya es hora de volver al curro, vaya. Espero que el "inicio del horror" se quede en el nombre y disfrute con su vuelta.

    Comentario de Memorial hace 1 año y 15 meses

  2. La vida te da sorpresas. Ahora es el CD el que afronta la extinción, precisamente por su principal virtud: la fidelidad digital, que permite infinitas copias sin merma de calidad. Por el contrario el vinilo, como muy bien explica Trinidad, es un objeto único: no existen dos con las mismas imperfecciones en los surcos.
    Con el libro pasará algo parecido. Utilizaremos los soportes digitales para manuales y libros de consulta. O para acceder a descatalogados e incunables. Pero no me veo yo releyendo La Conjura de los Necios en otro soporte que no sea mi sobado ejemplar de papel.

    Comentario de Profesor Franz hace 1 año y 15 meses

  3. Presentas varias cuestiones distintas. Con lo del fetichismo te doy toda la razón. A mí me pasaba como a ti (sólo que me enorgullezco de no haberme acercado a menos de tres kilómetros de Candy, Candy, pero eso sí que ya es otro tema, jeje) y cualquier cosa que fuese mía tenía un valor especial y, como dices, casi se me antojaba dotada de vida. A eso le llaman no querer compartir y, sí, como señalas, está muy mal visto. Pero si tú cuidas algo mucho y alguien lo toma prestado es más que probable que no le dé el mismo trato.

    Sobre lo de la lectura en aparatitos... bueno, en realidad puede ser algo muy cómodo, sobre todo para quien lee en el transporte público, que ya es prácticamente todo el mundo. Para momentos así e incluso para aprovechar el tiempo en el que vas caminando a los sitios yo en ocasiones he llegado a adoptar algo que a los amantes del libro impreso les parecerá aún peor: los audiolibros. Sí, lo que queráis, pero para mí en concreto, dada mi forma de ser, tienen una ventaja enorme. Me explico: yo soy muy inconstante y tengo una capacidad de atención bajísima, por lo que si voy leyendo un libro, estoy levantando la mirada a cada momento, abandonando la lectura... me pierdo y lo que pierdo es muchísimo tiempo. Pero si hay un señor o una señora que me va leyendo un libro por los cascos, quiera o no le tengo que hacer caso. Y no va a parar porque yo me fije en qué estación estamos atravesando. Así que acabo mucho antes.

    Comentario de lanavajaenelojo hace 1 año y 15 meses

  4. Yo que soy un vicioso de los libros también prefiero los audiolibros a los libros electrónicos. Que alguien con una buena voz te sepa leer un libro es algo maravilloso.

    Comentario de Memorial hace 1 año y 15 meses

  5. Ni de coña. Prefiero oírlo en la cocorota.

    En cuanto a los fetiches y animismos, mejor no me meto, que no me quiero extender ni aquí ni a esta hora.

    Comentario de Microalgo hace 1 año y 15 meses


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