Por qué somos imperfectos
Semidioses
Todo lo terrible -juzgaban los griegos, con muy buen criterio- tenía sello divino. El trueno era el choque de carneros en el cielo y el relámpago, el rayo furioso del dios Zeus -no hay que ser un experto en lenguas indoeuropeas para descubrir las semajanzas entre las dos palabras-. Terremotos y maremotos eran responsabilidad del tridente de Posidón, al golpear en el suelo.La Vía Láctea eran gotas de leche derramadas del pecho de Hera. Los volcanes eran fraguas de Hefeistos, el herrero. De la muerte se agenciaba la parca Átropos y, de los engañosos sueños, Morfeo.
Raptos divinos eran también, por supuesto, los estados de enajenación. La rabia guerrera, el deseo punzante, la obsesión del amor, la locura. No había culpas completas pues, todo lo que sobrepasaba al pobre corazón humano, tenía una voluntad de aire, totalmente ajena a su visceralidad, que lo movía. Uno era poseído por Ares, Afrodita, Dionisos. Y poco podía hacer -muy poco- ante semejantes designios. Incluso las ideas brillantes estaban inspiradas -pregúntenle a Ulises- por Atenea.
De tanto en tanto, había seres que producían el mismo sentimiento de vulnerabilidad y estupefacción que las explosiones inexplicables.Tan superiores al común de los mortales en fuerza, belleza y/o inteligencia que merecían el título de héroes pues los antiguos no concebían -como es lógico- que nombres como Héctor, Jasón y ese dios último que fue Alejandro, no hubieran sido tocados por una suerte de destino, por una mano divina.
Por supuesto, Newman eran uno de ellos. Uno de esos pocos que llevan la luz consigo, de esos seres dolorosamente atractivos, capaces de inocularte -sin resistencia alguna- hasta el más mínimo residuo de su voluntad -¿quién, con la suficiente cantidad de feromona en lo alto, no ha deseado con todas sus fuerzas ser la chica de la bicicleta?-. Sólo su presencia hubiera bastado, imagino, para transformarlo en icono. Los supersticiosos griegos no hubieran dudado en hacer de él un semidios de alabastro, capaz de arruinar cien ciudades, pues su sola existencia ha sido vergonzosa medida de nuestra propia imperfección.
Pero, por supuesto, su sonrisa no lo fue todo. Su buen hacer y su personalidad imbatible se encargaron de asegurarle alas y raíces -perfil de Alcancero aquí-. Y para colmo, nada ha podido con su imagen de persona digna, de tipo cabal, comprometido con sus ideas -que no serán muchas, pudo muy bien haber dicho, pero son las mejores que conozco-.
De verdad que no entiendo qué se mide en los procesos de beatificación, aparte de alteraciones de consciencia y desórdenes mentales de diversa índole.
Cuánto perdimos contigo, Juliano.
Referencias
Comentarios
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Tenga usted cuidado, seña Trini, que le veo con el neopaganismo subido, y ya sabe en que entornos tan hostiles nos movemos. Y gracias por la cita.
Comentario de Alcancero hace 1 año y 14 meses


