El Gran Premio (I)
Si yo fuera mujer rica, pero rica de verdad, con dinero a gastar en unas horas para mi propio solaz, organizaría algo así. Un gran sarao. Una fiesta con excusa en la que, siempre que fuera posible, pudiera garantizarme unas risas.
Tras mi reciente experiencia, creo que es eso lo que se oculta tras el Gran Premio: una desmesurada tarta con sorpresa. Ir al Gran Premio es divertido. Y fatigoso. Y absolutamente peliculero. A no ser que uno se proponga seguir durante el evento una dieta de monje cartujano, es del todo imposible dormir más de cinco horas -eso, sin triunfar: el que lo consiga, realmente, está bien jodido al día siguiente-. Es difícil recordar un momento en el que uno no tenga una copa de cava en la mano o el portátil bajo los dedos.
El viaje al Gran Premio comenzó así:
Puerta de llegadas del aeropuerto.
-Hola, soy Jesús, de Premio de Premios.
-Hola, soy Trinidad Tripartita.
Nos damos la mano. Trinidad se derrumba, ella sola y sin ayuda, sobre su propia maleta.
-No está mal. Jamás nunca -comentó AL, tratando de traducir la patochada- he causado semejante efecto en un mujer.
En el viaje al hotel llegué a la conclusión de que esta tendencia mía a los olvidos, porrazos y resbalones puede ser muy bien un retorcido truco de supervivencia a nivel inconsciente. La dignidad queda al nivel de los macutos pero, a cambio, una consigue ser inolvidable y despetar en los corazones sensibles un inevitable afán proteccionista, que nunca viene mal.
El Gran Premio comienza con una rueda de prensa previa en la que los perfectos desconocidos –todos ellos miembros del gremio periodístico- y algunas de las caras más conocidas del país inauguran la traca oracular. ¿Quién se llevará el denostado y codiado gran premio? ¿Lleva gafas? ¿Usa sombrero? Exacto. Un quién es quién gigante.
-¿Es verdad que entre los favoritos –inquirió un avezado miembro del Bloque Galego- se encuentra una hermosa escritora colombiana?
En segundos, en las mentes. Laura Restrepo. Ángela Becerra. La señorita Amapola, sí. Que hace falta ser ingenuo. Piensen lo tentador que puede llegar a ser acudir a la previa del Gran Premio, levantar la mano y soltar: ‘¿Es verdad que entre los finalistas del Gran Premio hay un homosexual keniata que tiene una serie de novelas que relatan la vida de un asesino en serie ateo en Utah...?'
En la incursión en el Gran Premio, estuve acompañada por Señor Topo, Cuñada de Essex y AL. La primera noche fue corta y se fue entre jazz, gin tonic y batallitas de ratas de linotipia. A la mañana siguiente, Señor Topo no regresó al mundo de los vivos hasta la hora de comer:
-He dormido mal –me suelta, entre estertores-. La limpiadora ha entrado dos veces en mi cuarto. Conmigo dentro, durmiendo, en la cama. He empezado a despertarme cuando la tipa se ha decidido a aporrear la puerta, a las once o así.
(La que aporreaba la puerta era yo, pero bueno. No seré quién le quite la ilusión)


