Bedtime stories
(Este post no hubiera sido posible sin el excelente texto de navaja, que merece un lugar en las ponencias sobre rituales de apareamiento de cualquier departamento de Antropología)
Entre las muchas maravillas y miserias que procuran que uno siga manteniendo a su actual pareja –no diré que es mi caso- , el cansancio ocupa un lugar privilegiado. Llega un momento en la vida en el que los años se te caen encima. O tal vez, lo que se cae encima es el sentido común, tan ausente en las primaveras, o el miedo a la decepción, o el desolado conocimiento de la naturaleza humana. La cuestión es que llega un momento en el que uno tiene que estar ahogado en un lodazal de sopor o de asco o de sufrimiento para lanzarse de nuevo a la piscina. Cansa el pensar –de nuevo- en palpitaciones y lágrimas, en peleas y reconciliaciones, en desengaños y pequeñas mezquindades, a cuenta propia o ajena –realidad que reflejaba desoladoramente bien Julie Delpy en Dos días en París-. Y cansa, infinitamente, pensar en volver a salir a la arena de semejante patio. Como muy bien sugiere Navaja, como tantas veces hemos hablado Rose Mary y yo, el ligar por estos lares –ignoro los demás- resulta especialmente bochornoso e infructuoso por una cuestión, básicamente, de infraestructura: los lugares habilitados para ello están mal diseñados. Las mujeres no nos llevamos un hombre a la cama: nos llevamos una historia. La historia puede ser parcial, torticera e inventada. No importa. Somos muy conscientes de eso. Nos da igual: es nuestra historia.
Los mimbres para construir esa historia son bien conocidos. Hacer reír. Huir de clichés. No parecer TAN desesperado por echar un polvo. Contar alguna anécdota que parezca personal. Mostrar interés –de nuevo, no importa que sea falso- en lo que una hace más allá de acudir con la pestaña puesta a garitos lamentables. En general sí es cierto que gusta la seguridad –cualidad tan lamentablemente confundida por los perdona vidas-, pero muchas veces funciona la transferencia, y podemos encontrar interesante al tipo más inesperado si creemos percibir algo con lo que identificarnos –una vez más: aunque sea a través de la autosugestión-.
(Esto se aplica al mortal medio, claro. Si una tiene el potencial Natalie Portman o el palmito de James McAvoy, ni hablamos. O, más bien, no hace falta ni hablar. Ya saben: la selección natural, cruel y despiadada).
Creo que se olvida con pasmosa facilidad un lastre que, hasta hace muy poco, era realidad asfixiante para el común de las féminas de este país: la española cuando besa es que besa de verdad. Que en metalenguaje resulta: la que se va con un tipo a las primeras de cambio haciendo caso de sus bajos y de sus instintos, es una puta. Superputa. Y semejante proclama ha sido grabada a fuego, durante generaciones, en el entrefajo de muchos hombres y de la práctica totalidad de las mujeres –que a bastión machista no hay quién nos gane-.
Opción para evitar la lapidación social: decir que no siempre. Con lo cual, una parecía tener dos opciones en la vida: puta o estrecha. Una orgía de diversión, como vemos.
Como digo, imagino que con las más jóvenes es distinto, pero yo aún he tenido que aguantar más de una mirada suspicaz, y dos, y tres, de parte de muchas mujeres por haberme lanzado sobre una hamburguesa doble con todos sus avíos en un ataque de bulimia sexual.
Pero insisto. Podemos estar hablando simplemente de un rollo noctámbulo y alevoso. Tan noctámbulo, alevoso y desesperado que despierte en nosotras reacciones esterotípicamente masculinas una vez consumado –también podemos llegar a preguntarnos, cual Harry de Sally, hasta cuándo el tipo en cuestión va a seguir abrazándonos o por qué necesita quedarse a dormir-. Pero la clave del éxito, en cualquier caso, son las palabras. Y las risas.
Algo difícil de conseguir en las arenas que se han escogido para tal efecto. De hecho, infinitas más posibilidades de triunfo tiene un tipo con el que entablemos simpática conversación en la cola del súper que ese mismo tipo, a las cuatro de la mañana, tratando desesperadamente de hacerse oír y de ser original entre las brumas de su quinto cubata.Referencias
Comentarios
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Muchas gracias por la referencia, es un honor. Qué buenísima esta frase: "Las mujeres no nos llevamos un hombre a la cama: nos llevamos una historia. Todo el artículo es genial, qué bien te expresas.
Comentario de lanavajaenelojo hace 1 año y 13 meses
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Por eso triunfan los antros de emparejamiento en internet. Se pueden sopesar las historias -no importa que sea falsa (arpía dixit)- y hacer un primer escrutinio antes de enfrentarse a la realidad del candidato cubata en mano. Las posibilidades de acertar aumentan al tiempo que se reduce significativamente los riesgos de contraer cirrosis hepática y cáncer de pulmón.
Comentario de Profesor Franz hace 1 año y 13 meses
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Excelente artículo. Felicitaciones. Coincido con lanavajaenelojo: la frase es digna de memoria.
Saludos desde Santiago de Chile
Lilian.Comentario de Lilian Elphick hace 1 año y 13 meses
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Yo me quito el sombrero, una vez más, ante otro texto suyo. Qué bárbaro.
Comentario de Armorius hace 1 año y 13 meses
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Pues sí, amigo Armorius, secundo la moción. Eso sí, nuestra amiga Trini debería saber que más de uno y más de dos vamos a tomar sendas notas tras esta desvelación de estrategias femeninas.
Comentario de Alcancero hace 1 año y 13 meses
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En realidad diríase que ligar en estos tiempos tiene algo de proscrito, independientemente del género que lleve la iniciativa y del que la secunde (con más o menos ganas). Y como en las leyendas el acto proscrito tiene un lado heróico y tiene otro censurable, depende de quién escriba la historia, si el cronista es juez y parte, si son las comidillas las que ensalzan o denigran la escena, si estás de moda o no...
Un ligón/ligona, o el exitoso de turno en el amor (o el sexo que es su socio capitalista), puede ser por su éxito objeto de deseo o envidias, o víctima de la guillotina moral. Si es chico, idolatrado como emblema macho por las féminas, o detestado por las mismas por falta de sensibilidad y consideración fiel para con el género opuesto. Si es chica, es el flamante bombonazo sexiboom conceptual, o la denigrada mujer presa de sus instintos ajena a toda traba moral.
Yo en mi condición de macho (más bien como la mayoría católica es decir, fundamentalmente no practicante aunque ferviente), siempre sentí sobre mis hombros la lápida de los juicios femeninos históricos respecto a lo que me tocó en suerte. Guilty. Y que cualquier acercamiento lejos de ser un cumplido era una depredación. Lo peor es que contemplando la society y mis congéneres no podía menos que entender la presunción de culpabilidad. En fin, al menos el consuelo me queda de no tener ante la dama ligona prejuicios (supongo que tendré bastantes otros para compensar).
Yo en mi condición de hembra no tengo impresiones concluyentes en lo que llevo de reencarnación al menos, así que se agradecen testimonios sociológicos de hondo calado como el presente.
Víctimas somos de esta sociedad de envidias e hipócritas morales de doble rasero. Quién sabe si además somos verdugos cada tanto.
Comentario de Tulipán Azul hace 1 año y 13 meses


