Gripe
Hace unos días, Memorial sufrió su decimoséptima caída februlenta en lo que va de año.
-¿Por qué? –me increpa desde un móvil que apenas registra su débiles quejidos.
-Porque los aviones son malos –le explico-. Doscientas personas en una cápsula, respirando sus propias bacterias…
-No –protesta-. Por qué tú nunca te pones mala…
-Sí, hombre...
-Es verdad. Tú siempre te quejas, pero yo soy siempre el que caigo.
‘¿Por justicia poética?’, podría haberle dicho, que no hice. Porque es bien cierto, si pensamos sobre ello, que Trinidad está siempre agotada, su desayuno exige complementos de clavos y abejas, tiene piel sepulcral, es incapaz de subir a la azotea sin resollar –tres pisos- y vive en lucha continua entre lo que su estómago exige y lo que ese mismo estómago tolera. Sin embargo, luego, a la hora de la verdad, a la hora de las gripes y las gastritis, Trinidad pasa de puntillas.
El único razonamiento válido que se me ocurre es que ya estoy inmunizada. Hace ya tiempo –toco conglomerado- me dedicaba a recoger, sin filtro, a todos los bichos que me encontraba por la calle.
El primer bicho que pasé a pelo, sin madre, aliento amigo ni galeno destripador que echarme a la boca, fue mientras estudiaba, claro. Más concretamente, en un congreso de brujería en Andújar –qué coño hacía yo en una cosa tan absurda es otra historia-. Mi entonces novio, que se había decidido a acompañarme, tenía que volver a Sevilla al día siguiente, por un examen, un trabajo o a cambiarse los calcetines, qué sé yo la excusa. La excusa estaba establecida de antemano, pero yo no pude dejar de pensar que se encontraba altamente relacionada con el hecho de que mi persona hubiera empezado a esputar agentes tóxicos.
Sospecha que se vio agravada cuando, al pedir algo de cena al servicio de habitaciones, el camarero se limitó a abrir la puerta, empujar la bandeja con el pescado en blanco por el suelo y, a continuación, volver a cerrar a toda prisa.
Jamás me he sentido tan infestada.
Al llegar a Sevilla, vi a una de mis compañeras de piso muriendo en el sofá y a las otras dos contemplándome con gesto severo desde una esquina. Para cortar posibles contagios –con esos razonamientos propios de pueblos animistas, niños de guardería y estudiantes de segundo de carrera- mis dos compañeras sanas decidieron que las apestadas durmiéramos esa noche juntas en el salón. En sendos sacos de dormir. Sobre el suelo. Con la puerta cerrada. Y que partiéramos al día siguiente en el primer autobús.
Creo que el siguiente ataque fuerte gripe –aunque no estoy muy segura- fue ya trabajando. Acababa de llegar a mi piso y, tras una semana de intentos infructuosos, los técnicos de Timofónica decidieron que aquel iba a ser mi día de suerte y se plantaron en mi puerta para instalarme la línea.
Tras dos días de fiebre yo tenía serias dudas para discernir qué era real y qué no y –sobre todo- qué había hecho y qué no en las horas previas a mi colapso. Así que, cuando los chicos del mono azul llamaron al timbre yo me quedé unos segundos con la puerta a medio abrir, simplemente, tratando de discernir si me habían puesto o no la línea unos días antes.
-Que sí, que somos de Timofónica –insistieron, ante mi evidente desconfianza-, si quiere la credencial, mire.
Yo cogí las tarjetas que me daban y me derrumbé en el sofá –tenía los pelos como la Barbie Malibú de una niña de cuatro años, la nariz de Supercoco y la casa, como la cueva de un troll-. Del brazo izquierdo –almacén infinito de los kleenex a medio usar- me asomaban un montón de bultos como pupas de peste. Por todas las superficies del salón, tazas con restos de Frenadol hotlemon resecos, zumo de naranja y sopas de sobre.
Los técnicos hablaban entre ellos y, supongo, de tanto en tanto, se dirigían a mí, que sólo podía repetir, con la nariz hacia atrás: -Be da igual. Be da igual.
-¿Quiere aparato alquilado o…?
-Be da igual.
-¿Le instalamos otra conexión en el cuarto…?
-Be da igual, por fagvor, acabeng con esto…
Ya en la puerta, los tipos se me quedan mirando, como esperando alguna cosa.
-¿Qué, qué pasa? –increpo-, ¿he de pagag o algo?
-No, verá, no es eso… ¿nos devuelve las credenciales?
Esa misma gripe, creo, mi Hombre del Momento vino a visitarme –mismo escenario de cueva de troll, nariz de Supercoco, pelos de Barbie de frenopático- creo que movido mitad por la incredulidad –‘¿Con gripe? No, si hablé con ella el otro día’- mitad por la mala conciencia. Mala conciencia que multiplicó sus principios activos nada más comprobar in situ cuál era mi estado.
-¿Hay algo pueda hacer por ti?, se ofreció, empático.
-Sí –supliqué, desde el embozo de la cama-. Tráeme más sopa de sobre.
-¿Cómo?
-Más… sopa… de sobre…cough... Polvos... pero de sopa -me apresuré a añadir- ...cough...Pog favog...
A los diez minutos, el Hombre del Momento aparecía con dos bolsas –dos- llenas de paquetes de Sopistant y Gallina Blanca. Alucinado ante su propia audacia, empezó a vaciarlas en la cama.
-Pero –murmuré, mientras veía llover sobrecitos de Sopa de Cebolla y Consomé al Jerez-. Pero, ¿qué es esto?
-Tus sopas de sobre –contestó él, aguantando a duras penas la risa-. ¿No decías que querías?
Y sí, lo sé. Si Demi Moore retozaba entre billetes de quinientos en 'Una proposición indecente', Trinidad Tripartita se arrastraba por la cama, entre toses y kleenex usados, con 39 de fiebre, arramblando concentrado de huesos de pollo y pieles de zanahorias.
Aprendida la lección, el último acceso febril lo pasé en casa de mi madre que, a pesar de sus actividades castradoras, aún conserva suficiente instinto maternal como para cuidar a sus hijos al verlos a las puertas de la muerte.
Eso no me impidió, no obstante, pasar DOS HORAS Y MEDIA en una silla de la sala de espera del ambulatorio con CUARENTA DE FIEBRE. Y no exagero.
La única explicación médica que obtuve de semejante cuadro, que se tradujo por tres días de cerebro achicharrado y cansancio de ultratumba fue un balbuciente ‘Mmmm… tal vez sea mononucleosis’.
La segunda noche de fiebre, a mi madre la despertaron los siguientes alaridos:
-Casquete… Casquete…. ¡NOO! ¡NOOO! ¡Casquete noooo!... ¡Arrrrghhh!
Casquete era mi ex jefa. Imaginen ustedes cómo estaba la cosita. Mi madre, claro, no lo sabía. En un golpe de suerte, entre llamar a un exorcista o al médico de urgencias –en fin, tanto monta… -, se decidió por lo segundo.
-Trini, aquí está el médico –anuncia mi madre, desde la puerta de mi cuarto de adolescente, rosa y blanco.
El médico va vestido como un GEO.
-¿Qué tal, qué te ocurre? –saluda con voz tronante, sacando una preocupante goma naranja del maletín. Empiezo a considerar que mi madre ha llamado a la unidad de salud mental.
-Pues no sé… -contesto, agarrándome a la cabecera de la cama, en pleno flipe febril-. La habitación está dando vueltas.
Mi madre, estrujándose las manos y considerando si la habría pifiado al no llamar al exorcista, increpa al galeno:
-Sí, ahí la tiene. Déle fuerte en la cabeza…
-¡Mamá!
El hombre, que estiraba la goma como si pretendiera ahogarme con ella, dirige la mirada a mi progenitora, dudando si cambiar su objetivo.
-Quiero decir… ¡le duele fuerte la cabeza! Ay, hija, que me confundes.
Referencias
Comentarios
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Joer, hadia tiembo que no me reia dando con uno de tus posts. Belicidades Drini!
Besitos desde WinterLand (mas winter conforme pasan los dias) tocando madera pa no pillar un catarro, gripe o neumonia...Comentario de Dr. Elektro hace 1 año y 13 meses
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Pues sí, debes de estar inmunizada. No hay mal que por bien no venga. Qué buno lo de "toco conglomerado".
Comentario de lanavajaenelojo hace 1 año y 13 meses


