Suite navideña 2008
Bélgica, presentación
-¡Ah, qué gran país! –murmura Memorial en voz alta, al cruzarse con la doble de Kirsten Dunst bajándose de un tranvía. Bélgica tiene Kirstens Dunst, bombones de violeta con violeta dentro y una lista interminable de fermentaciones. Memorial está sobrecogido por la carta de cervezas, por las librerías que se distinguen en las casas desde las ventanas sin visillos y los trenes a cualquier rincón de los Países Bajos cada media hora. Memorial quiere mudarse al Flandes católico –o protestante-. Memorial quiere hacer realidad su viejo sueño de trabajar en un laboratorio de cerveza y acaricia con ilusión su ‘Brewery for Dummies’.
Llegamos a Bélgica con la sana intención de morir de moñez y borrachería. Y casi lo conseguimos. Aunque los mercadillos navideños belgas tengan poco de navideños y mucho de feria, con la gente zampando salchichas y waffles, vino caliente y chupitos de ginebra a ritmo de villancicos cantados en valón –sí, todo resulta bastante inquietante, para qué engañarnos-. Y he de confirmar que la digestión es el método más rápido y efectivo de combustión que conoce el organismo. Por eso, en apenas dos horas, recorriendo el mercadillo de Bruselas me zampé: la mitad de un perrito –‘Vuelve a morder así el extremo de la salchicha –dijo Memorial, sobrecogido ante mi ataque-. El hombre del puesto acaba de recordar por qué se metió a esto’-, un gofre de chocolate, medio fuet, media hogaza de pan de aceitunas, dos vinos especiados, una taza de sidra caliente, chocolates varios, un café, el mayor trozo de quiché Lorraine que he probado en la vida.
En Bruselas nos quedamos en la Habitación Blanca de Sven. Sven tiene un loft en el centro de Bruselas y un exquisito gusto para la decoración. Tiene, también, un gesto de extrañeza que no le abandona y que yo entiendo perfectamente: teme que cualquiera de sus inquilinos pueda liquidarlo. No es una idea en absoluto descabellada: su loft lo merece. De hecho, su loft merece que lo loquiden y lo reduzcan a cachitos salfumados con cal.
La extraña pareja. Recuerdos de Holanda
Como si la orgía navideña que se desarrolla a su entrada no fuera suficiente, la dueña del B&B de Brujas ha plantado, en la misma entrada, su traje de novia. En el ángulo de visión ocupa el mismo espacio que el árbol de Navidad. Ni siquiera yo hubiera podido llegar a semejantes límites de exhibición pornográfica. La Navidad, en los Países Bajos, tiene visos de fiebre latente que eclosiona en cuanto se acerca mediados de noviembre. Las tiendecillas monográficas navideñas son bastante habituales y, de hecho, mi primer contacto con una de ellas -The Christmas Shop, al lado del mercado de las flores de Amsterdam- tuvo lugar en un septiembre de hace años.
-Trini -me dijo mi entonces pareja, sacándome del éxtasis que me procuraban un montón de angelitos con cascabeles en el culo-, ¿quién era exactamente Pedro el Negro?
-En los Países Bajos -contesté yo, sin mirarlo, echando mano de mi Enciclopedia Interior-, Pedro el Negro es el ayudante de San Nicolás. Ambos vienen de España, el lugar más lejano que se les podía ocurrir. Si te portas mal, Pedro el Negro te lleva a España, el lugar más horrible que se les podía ocurrir...
Mi cháchara paró en seco cuando, de repente, mi ex ex me plantó delante de los ojos un kit de muñecos a los Ken y Barbie con San Nicolás y Pedro el Negro estableciendo una inequívoca relación.
The Christmas Shop de Amsterdam es uno de los rincones más increíbles que he visto en mi vida. Une, en cincuenta metros, moñería navideña, souvenirs kitsch de toda índole y porno gay masculino. Lo atendían dos homogays barbudos, con ceñidas camisetas negras.
-Toma, guapa -me soltó uno de ellos, al término de mi generosa compra-. Un regalito de nuestra parte.
-¿Debería asustarme?
Trinidad y las críticas gastronómicas:
Cuando algo conquista mi paladar, mis sentidos se embotan. Cualidad que me hace ejercer una crítica culinaria peculiar, que une halago, sexo y escatología en un todo común.
Ejemplos:
-Al probar una sultana de coco y limón en un restaurante marroquí: "Mmmm... si los coños supieran así, hacía tiempo que me hubiera hecho lesbiana".
-Al probar un trozo de tarta Sacher-Sacher: 'Ojalá fuera gusano y pudiera vivir aquí dentro'.
Al probar una rodaja de naranja escarchada y chocolate negro: "Después de esto, ya sólo queda el satanismo".
Memorial mira sin entender.
-¿Qué? El siguiente paso en el canto al placer es, no sé, untarse los pezones con una glasa de azúcar y ginebra y después ya, está claro, el hedonismo absoluto. Estos flamencos son unos perversos.
C´est très chic
La primera noche en Bruselas la pasamos tratando de hablar de política en inglés. A los bávaros que teníamos por interlocutores les sonaba muy exótico el tema de Cádiz y de un lugar en el que solo hubiera calor achicharrante, tormentas tropicales y un frío que no bajaba de los ocho grados ni pa dios. Me miraban como si hubiera atravesado el desierto de Sahara para llegar hasta allí. Y –si tenemos en cuenta la paliza de noche en autobús y posterior encadenamiento de vuelo- casi lo había hecho.
En un momento determinado de la conversación, salió el curioso tema de que muchos ejércitos sudamericanos llevan uniformes inspirados en uniformes alemanes.
-Por ejemplo –dice uno de nuestros contertulios-, el Ejército venezolano llevó un uniforme inspirado en los uniformes prusianos, con sombrero idéntico…
-¿Y eso?
-C´est trés chic –suelta, encogiéndose de hombros-. Yo mismo me lo pondría en casa, si tuviera uno.
(Lo entiendo perfectamente. Yo también me pondría un traje de novia en la intimidad de mi casa, si tuviera uno. Ver Miss Havisham)


