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arpía´s corner

cuando soy buena, soy muy buena. cuando soy mala, soy mejor

Ese día (y esa otra noche)

En ocasiones, veo capas verdes

Como bien ha chivado Mninha, queridos niños, mi cumpleaños no coincide por muy poco con la mágica jornada de Reyes.

Una fecha que no era, ni remotante, la planeada para mi nacimiento y que demuestra tres cosas: 

1. Que soy una curiosa irremediable -no hay mayor potenciador de la curiosidad que el diablo mundo-

2. Que soy, además, estúpida

3. E inoportuna

Porque no hay peor fecha para ir a nacer que justo cuando los camellos se alejan en el horizonte estrellado, dejando los salones llenos de presentes. Una constante, a lo largo de toda mi infancia, fue la siguente conversación:

-Mamá, yo quiero regalos por mi cumple. ¿Por qué no tengo regalos por mi cumple?

-Sí que tienes regalos -contestaba mi progenitora, sin inmutarse-. Tienes zapatos.

Huelga decir que los zapatos Gorilla estaban en las antípodas de lo que mi mente entendía por 'regalos'.

-No, no son regalos, yo quiero regalos de verdad... la Barbie Princesa, la Barbie Mil Enredos, la Barbie Camionera Distribuidora de Chanel, la Barbie Zombie, con un auténtico cerebro de canario de formol... Cosas. Regalos. 

-No, tú no puedes tener tantos juguetes por tu cumpleaños -cara de horror absoluto por mi parte- porque ya  te han traido muchas cosas los Reyes.

-¿Y qué?

-¿Cómo que y qué?

-¿Y qué si me han traído muchas cosas los Reyes? ¡Hoy es mi cumpleaños!

-Pero, ¿cómo puedes pedir más cosas? Trini, hija mía, por favor, que tienes la casa llena de tiestos...

-¡No, yo quiero juguetes, quiero juguetes como las demás niñas!

 -Trini...

-Noooo, ¡arrrgh, arrghh¡ -de repente, los Gorilla adquirían condición de instrumento de tortura-. ¡No me quiero poner eso, no me los quiero poner! ¡Quiero la Barbie zombie! Papáaaaa....

La escena terminaba, como pueden imaginar, con la pequeña Trinidad en el autobús del colegio, sollozando, con el culo caliente y los Gorilla puestos.

 -Que esa es otra -me recuerda a menudo mi madre, tan dispuesta como siempre-, la que me organizabas en todos los cumpleaños.

Al parecer, desde los tres hasta los siete años -circunstancia que yo recuerdo, para mi bochorno-, en cuanto tenía a mi padre con la cámara lista, los padrinos a ambos lados, los niños con sus gorritos, la tarta ante la cara y las velas encendidas, me ponía a llorar. Sin fallar una. Qué olfato existencialista. 

'¡Noooo! -berreaba, de nuevo, moqueando en la manga de mi madre, esto era un sin Dios-. ¡No quiero cumplir años! ¡No quiero ser mayor!'

(Ni les cuento cómo lo llevo ahora).

Bien. 

Hubo un día, quiero decir, una noche, sin embargo, que los buenos Reyes Magos decidieron tener un detalle de magnanimidad para con esta su incomprendida esclava. Milagro que llegó, como siempre, justo cuando la pobre criatura que yo era empezaba a creer que había llegado al límite de la ignominia. 

La pobre criatura, como decíamos,  iba a cumplir cinco años y aún llevaba chupete. Repito, aún llevaba chupete. Dado que no había manera de hacerme entrar en razón  -ha quedado claro, ¿no?-, mis padres decidieron contarme que los Reyes Magos, esa noche, me quitarían la chupeta. Que Sus propias Majestades consideraban que una niña tan mayor con un pipo no era sino motivo de oprobio y que, en cuanto me vieran con aquel apéndice en la boca, no dudarían en llevárselo.

'Y, claro, no puedes abrir los ojos si los sientes -decían los muy cabritos-, porque sabes que si los ves, no te dejarán juguetes. Y tampoco te puedes volver a poner el 'pi' (chupe) al día siguiente, porque llegarán y se llevarán lo que te hayan dejado'.

Creo que la expresión exacta que pasó por mi cerebro, entre succión y succión, fue 'Mierda puta'.

En fin. 

Pasé una noche horrible, entre taquicardias, apretando con todas las fuerzas el chupe con los dientes de leche. En un momento determinado, decidí levantarme por si los oía mejor desde la puerta del pasillo. Y entonces, vi la luz del salón encendida. Si no hubiera chocado con el chupete, el corazón se me habría salido por la boca. ¡Los Reyes Magos ya estaban allí!  Temblando, al borde del colapso, fui acercándome, aun a riesgo de quedarme sin juguetes -¡sin los únicos juguetes que iba a tener en todo el año!- porque, bueno, ¡podía ver a los Reyes Magos! Con infinito cuidado, me asomé a los cristales de la puerta y, casi en shock, acerté a distinguir la espalda del rey Baltasar, porque lo que veía ante mí era una capa verde y un turbante blanco.

Sé que llegué a asomarme también al cuarto de mis padres -y ahí estaban, sobando, con el perro a los pies de la cama- no sé, por si acaso, porque si esos traidores habían ido a los Reyes con el cuento, yo quería saberlo. Al comprobar que estaban dormidos, y antes de arriesgarme a que Sus Majestades me descubrieran, salí corriendo hasta mi cuarto. Jamás en toda mi vida he vuelto a experimentar literamente la expresión 'darse patadas en el culo'.

¿Qué más decir? Que en algún momento de la noche, alguien me arrebató el chupete. Que durante años, mi madre me prohibió que le contara a nadie que había visto al Rey Baltasar en el salón de mi casa. Que sé que no lo soñé.

Para mí, sigue siendo una misteriosa compensación a mi gafe onomástico. 

Aunque no es tan mala fecha. Puedes hacerte tostadas de Roscón. David Bowie también sopla velas ese día. Y, de tanto en tanto, te cae un copo de nieve. 

Referencias

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Comentarios

  1. Eso nos pasa a todos los niños de la Navidad, Trinidad. Tenemos que ver como nuestras fechas de regalos se ven drásticamente reducidos, mientras que vemos que nuestros hermanos, nacidos en Mayo, o en Septiembre, sí que reciben generosos regalos en sus cumpleaños.
    De niño era algo terrible. Ahora, pasados los treinta, sigue siéndolo.

    Comentario de Adolfo hace 10 meses y 21 dias

  2. ay... qué tierna neni...

    Comentario de fatima hace 10 meses y 19 dias


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