What crisis?
Comentaba Elvira Lindo, en un reciente artículo, que un amigo suyo se veía amilanado por el plural de la palabra más sobeteada en los últimos tiempos. Agobiado por la crisis global, la de la construcción (era del gremio) y la personal –acababa de divorciarse-, pidió cita con el loquero público. No le dieron hora, por supuesto, hasta dentro de un mes. El hombre pasó el tiempo como pudo, sobreviviendo a base de lexatines que le pasaba un amigo farmacéutico –un amigo boticario: el auténtico must de la temporada- y, cuando llegó a la loquería, se encontró con ochenta personas aguardando turno. En la cola, entabló conversación con pacientes que habían desistido de iniciar el divorcio porque no podían costeárselo.
Abuelito, en un exceso de buena voluntad, me saca a cenar. Me lleva a uno de esos sitios en los que ponen el bolso sobre un cojín y me hace pedir menú completo: primer plato, segundo y postre.
-¿Y por qué?
-Porque ahora vas a comer todo lo que no has comido en esta semana –ordena, como siempre-. Bienvenida a tu fase compulsiva.
Le pregunto si estas últimas mareas le hacen llegar más casos a la loquería.
-Desde luego, qué pamplina más grande… -resopla-. La gente estará más deprimida, pero no tiene un duro. ¿No se dan cuenta? No tiene un duro, que de eso va la historia. No pueden pagarse la lipo, ¿van a gastárselo en arreglarse por dentro?
Abuelito no hace la más mínima mención a la posibilidad de reprogramarme. Prefiere que vayamos quedando, como entes civilizados, a hacer cosas agradables lejos, muy lejos, de una luz de flexo indirecta. Y yo es lo único que quiero, una buena reprogramación de las que él se gasta, pero no hay forma. No le convence siquiera la orgía de autodestrucción en la que me hallo, que me hace tener erupciones al contacto con el sol -¿o con el aire?-, cortarme con todos los cuchillos y tijeras que agarro y quemarme la barbilla con la plancha del pelo.
(Accidente que ha dado lugar a escenas como la siguiente:
-‘¿Qué te ha pasado, Trinidad?’
-‘Nada, me quemé con la plancha’.
-‘¿Cómo lo hiciste?’
-‘¿Con la Princess?’
-‘No, no con la plancha, plancha. Ni con la Princess. Con la plancha del pelo’.
-‘¡Ah! –al unísono-. ¡Qué dolor!’
-‘Bueno, sí. En fin…’
-‘¿Te has caído?’
-‘Mmm… no, no me he caído –de nuevo-. Me he quemado con la plancha. La del pelo’.
-‘Trinidad… -en susurros-. ¿Quién te ha zumbado?’
-‘¡Dios mío! –exclama el camarero, al llegar a la mesa-. ¡Qué derechazo!’)
-Tengo otra presentación –le cuento a Abuelito, ya en los postres.
-¿Ah, sí?
-Y me han recomendado cierta tranquipasti.
-Esa tranquipasti es bastante suave, tómate una, sí… -Abuelito observa con atención los efectos de dos copas de vino en mi organismo-. No, media. No me seas tú. No te digas: ‘Ay, no, que yo soy muy nerviosa’, y te zampes cinco. Que tranquipasti es hipotensora: lo único que falta es que te desmayes al lado del tipo.
Huelga decir que tranquipasti se ha convertido en el último descubrimiento. He dado con la fórmula que me hace pasar de ser Mr. Bean a una especie de Rottenmeyer Dominatrix. Como decía un amigo: he encontrado la poción del Dr. Jekyll. Tiembla, mundo.
Al día siguiente, mi señora madre viene a saludarme al trabajo.
-Bonito vestido –me dice, despertando todas mis alarmas-. ¿Alguna novedad que haya de saber tu madre?
-No. Ninguna, ninguna. No hay novedades reseñables.
-Bueno, tú no te preocupes, ¿eh? Que yo te quiero mucho.
Genial. Realmente, debo estar terminal, porque las únicas veces que le he escuchado decir algo así ha sido en la UCI.
Ya no puedo más: Lisbeth, yo te invoco. Ven a mí.
Y que sea rápido.


