Fantasías solsticiales
En las regiones hiperbóreas
Hace unas semanas llegué a la conclusión de que mis distintos humores podrían muy bien acomodarse en las condiciones de humedad y desconocimiento apropiadas que me brindaría la siguiente excursión: una semana de recorrido ornitológico por las islas de Escocia. El viaje estaba organizado por la SEO y abierto a miopes, sordos y analfabetos ornitológicos. Dado que las fechas de salida eran a lo largo de todo el mes de julio –y servidora no cata hasta septiembre-, no suponía un plan del todo factible: “Aunque siempre –me dije- puedo rascar por ahí algunos de los días que me deben”.
Y decidí otorgarme una jornada de reflexión. En mi mente, Trini triscaba feliz por los acantilados de Caledonia y volvía con unos abductores de impresión en ambas sus extremidades inferiores. Reía observando las elegantes maniobras de despegue de los frailecillos –observen los primeros segundos de este vídeo: jamás me he sentido más identificada con ninguna otra creación de la natura- y aprendía a distinguir los gorgoritos de la fauna aviar subpolar. La excursión estaría compuesta por un montón de viejecillos, señoras Rushmore e intrépidos ornitólogos que considerarían un insulto acudir a vestirse al Coronel Tapioca.
El momento cumbre de mis fantasías animadas de ayer y hoy llegaba cuando, entre triscamiento y triscamiento con bifocales, conocía a un émulo desangelado de Daniel Graig en el pub de algún villorrio perdido. Y la pasión surgía inevitable entre nosotros, acuciada por los comunes intereses de ambos: el mío, por los paisajes mohosos y los termómetros helados, y el suyo por los soles achicharrantes y los chiringos ilegales. Viviríamos en su verano y en mi invierno, y no habría felicidad mayor –para mí- que arrancarle las tiritas de su piel de gamba, inmune a la protección 60 y –para él- que acariciarme los dedos de los pies congelados, tras tres capas de calcetines termopolares.
¿No es hermoso?
Tras mi jornada de reflexión –ya ven- vuelvo a la página de la SEO. No me había dado cuenta de que esa misma noche –eran las diez- se cerraba el plazo de admisión. Damn! Y, sobre todo, no me había dado cuenta de lo siguiente: ‘Plus por viajar sin acompañante: 300 euros’.
Ni que Patty y Selma organizaran la movida y pretendieran imponerme envidiosa penitencia –por el asunto Daniel Craig, se entiende-.
Que no me registré, vaya. Me deprimieron demasiado. Pero queda ahí, a la espera de alguna otra oportunidad, con mejor humor, calendario o compañía.
Mientras, sigo buscando. Hermana Arpía –ahora parada- y Monocigótica –ahora plantada- se apuntan como posibles comodines, dada la fiereza con que el establishment castiga al lonesome hero. Tal vez caiga Berlín. Mientras, yo sigo mirando al país del cardo y rumiando, en la canícula, frescores como este o este.
Por un verano hiperbóreo. Hazte fan.


